No se deje sorprender, estimado lector, sobre las promesas que no se pueden cumplir con un chasquido, como la pena de muerte. Aunque es la tentación de las campaña presidenciales, haga memoria de quienes ya ofrecieron acabar con la vida de los secuestradores, asesinos y violadores de niños, pero no pudieron porque no se trata solo de modificar el código penal, sino que requiere patear el tablero judicial internacional y convertirnos en una república bananera. Esto no ocurrirá.
Recordemos que Alan García prometió desaparecer a los violadores de niños. Se colgó de una penosa noticia, cuando tentaba su segundo gobierno, para ofrecer el aniquilamiento de estos indeseables. Una vez en el poder, nunca propuso tal medida. Solo era por campaña.
Esas propuestas solo confunden a los ciudadanos cansados de la inseguridad, creyendo que lo único que acabará con la delincuencia es ejecutando criminales. En Trujillo, por ejemplo, murieron como 50 personas en extrañas intervenciones policiales, y lo único que esto propició fue la conformación de nuevas bandas. Por eso, es populismo puro vociferar la muerte como aliciente, peor aún viniendo de candidatos con experiencia.
¿Creen que con este sistema de justicia se podría aplicar la pena de muerte sin errores? Imposible. Hoy vemos que algunos policías siembran pruebas para extorsionar a emprendedores, ciertos fiscales cobran coimas para no continuar con las investigaciones, escogidos jueces reciben dádivas a cambio de sentencias benevolentes, perversos abogados se convierten en agentes del crimen, entre otros actores políticos que venden su alma al diablo con tal de ganarse unos billetes. Está advertido.




