Cuando un joven delinque, aparecen la Policía, el fiscal, el juez y eventualmente la cárcel. Todos preguntan qué hacer con él. Pero la mejor respuesta está en lo que se haya hecho diez años antes.
La Policía conoce al joven cuando delinque. La educación lo conoció cuando todavía era niño. Prácticamente todo niño peruano ha pasado por la escuela un par de años. Allí se juega temprano un partido decisivo: autoestima, resiliencia, capacidad de enfrentar dificultades, descubrir talentos y encontrar un lugar donde pertenecer.
Por eso, prevenir la delincuencia juvenil debería partir de una convicción instalada en la Presidencia de la República: atender la infancia también es política de seguridad. Esa visión debe traducirse en decisiones presupuestales que atraviesen ministerios, gobiernos regionales y municipios.
Significa que, cuando aparece maltrato familiar, los servicios sociales lleguen antes de que la violencia se vuelva destino. Que la escuela tenga autoridad y límites, pero también tutores, consejeros y adultos confiables. Y que después de clases existan parques, bibliotecas, talleres y clubes donde los niños puedan descubrir una pasión, superar frustraciones y experimentar algo fundamental: “puedo hacerlo”.
Entrenadores, artistas, deportistas, comunicadores e influencers pueden convertirse en referentes que muestren caminos atractivos de esfuerzo, pertenencia y realización.
Porque el crimen organizado también ofrece pertenencia, reconocimiento, dinero, adrenalina e identidad. Si la sociedad no ofrece alternativas suficientemente poderosas y atractivas, alguien más ocupará ese espacio.




