Más allá del resultado en un partido de fútbol, uno debe analizar cómo jugaron los equipos. Y en nuestra democracia pasa lo mismo: al margen de quién salió elegido presidente, uno tiene que saber si la manera fue o no la adecuada. Aquí no importa si es de izquierda o derecha, sino que a un jefe de Estado se le procesó como congresista a pesar de que, a quien por mandato constitucional asume labores presidenciales, tiene que corresponderle ese mismo trato para todo.

El vacío legal da pie a mil interpretaciones sobre si al presidente de la mesa directiva del Legislativo le corresponden derechos y obligaciones presidenciales y congresales a la vez. Tendría que ser uno u otro, sino estaríamos hablando de una superpoderosa autoridad. Por eso es que sigue la confusión de si a Jerí le correspondía la vacancia presidencial o la censura congresal. Claro, el presidente encargado no puede dejar de ser parlamentario porque su puesto es irrenunciable. Entonces, ya debería haber un proyecto de ley para evitar esas dudas en la legitimidad de un proceso contra un presidente encargado.

Considero que en estos casos, quien asuma como jefe de Estado debería poder renunciar a su curul y dedicarse a gobernar. De esta manera, evitamos que la presidencia sea un brazo del Legislativo y que el mandatario esté sujeto a una censura exprés. La democracia tiene esas imperfecciones, y para eso contamos con una comisión de Constitución en el Congreso, donde se puede llevar el debate con altura y definir de una buena vez si, ante un proceso similar, procede la vacancia presidencial.