Investigaciones han demostrado que el vínculo madre-bebé, se forma desde el vientre y se consolida en la etapa postnatal. Este se expresa en formas tan sencillas como el cuidado de la salud de la gestante, la protección del niño por nacer, la proyección de cómo será y el futuro que quisiera para él o ella.
Como lo señala el reconocido psicoanalista John Bowlby, el vínculo madre-hijo se logra desde la interacción cotidiana y continua, realizada de forma oportuna, consistente y con afecto, que proporciona al niño, consuelo, protección y la base segura que le permitirá explorar el mundo. Algo que conduce a esto es el momento de la lactancia materna, que tiene un efecto nutritivo en el bebé en todos los sentidos, ya que a través de ella recibe caricias, besos, abrazos y hasta un espacio de conversación entre miradas y arrullos.
Desde la evaluación Continua de Impacto de la COVID-19 (ECIC-19) en su ronda nacional, nos muestra indicadores alarmantes, pues 3 de 10 madres tienen dificultades para afrontar la tarea parental y no tienen un adecuado soporte para hacerlo; 8 de 10 tienen indicadores de ansiedad y 2 de cada 10 tienen indicadores de depresión. Esto nos lleva a preguntarnos, ¿qué sucede si la madre no está disponible emocionalmente? Un estudio acerca de los factores emocionales, ambientales y sociales en la gestación, indica que el estado mental materno influye en el desarrollo físico y mental de los niños.
El poder de las madres para tener niños felices y seguros es fundamental, ya que su comportamiento y sensibilidad proporcionarán la base en la crianza, animándolos a acercarse y mantener la interacción con sus hijos, favoreciendo el desarrollo de relaciones seguras y promoviendo una buena calidad de vida.




