Cuando Johannes Gutenberg creó la imprenta de tipos móviles hacia 1450, desató, tal vez sin comprenderla en toda su magnitud, una revolución imposible de calcular o siquiera imaginar. El descubrimiento de los europeos de las Indias occidentales (hoy conocidas como América), así como la aparición del libro impreso, están en la base de la emergencia del periodo histórico que tuvo grandes implicancias, como el Renacimiento. En pocas décadas, el libro se convirtió en el vehículo más poderoso de transmisión del conocimiento que la humanidad había conocido hasta entonces. La imprenta multiplicó las ideas, los debates, fue el nutriente de una ciencia nueva y sustentó los cismas religiosos. Cambió para siempre la forma en que los seres humanos aprendemos y recordamos. Más de cinco siglos después, cada 23 de abril celebramos el Día del Libro.

Según el informe 2024 del Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (CERLALC), el Perú ocupa el tercer lugar en la región en hábitos de lectura, con un promedio de 3,3 libros leídos por habitante al año, por detrás de Argentina (5,4) y Chile (4,5), y por encima de Brasil (2,5) y México (1,7). Más llamativo aún: el 75% de los adultos peruanos se considera lector, un porcentaje superior al de Argentina, Chile y México.

Sin embargo, la Encuesta Nacional de Lectura del Ministerio de Cultura ofrece un resultado muy distinto: en este estudio, el promedio real de libros leídos desciende a 1,9 por persona al año y menos de la mitad de los peruanos ha leído al menos un libro en el último año. La brecha entre quienes desean leer y quienes efectivamente lo hacen revela el verdadero desafío: no parece ser tanto una falta de vocación lectora como una falta de acceso.

Y ese es precisamente el terreno en el que libreros y editores peruanos libran su propia batalla. El mercado editorial nacional produce cerca de 4,101 títulos nuevos mientras que las ventas de libros se proyectan a 643 millones de dólares para el año 2028. Los desafíos para editores y libreros peruanos son considerables. La cadena de distribución sigue siendo frágil: la oferta se concentra en Lima y en pocas ciudades grandes, mientras que provincias enteras permanecen sin librerías. El libro importado domina los estantes, pues solo el 7% de los títulos vendidos es de producción local. La piratería, aunque reducida desde que se eliminó el IGV en los libros en 2003, no ha desaparecido. Y la competencia del entretenimiento digital por la atención de los lectores potenciales es cada vez más intensa.

A ello se suma un nuevo reto: los libros digitales en español cayeron un 12% en Perú durante 2024, lo que indica que el tránsito hacia el libro electrónico no es tan fluido como en otros mercados de la región. Las editoriales deben encontrar el equilibrio entre el formato impreso, que aún representa el 92% de los ingresos del sector, y una apuesta digital que todavía no termina de cuajar entre los lectores peruanos.

El libro ha sobrevivido a la radio, al cine y a la televisión. Ahora enfrenta a la inteligencia artificial, que está impulsando una nueva revolución, capaz de transformar no solo la forma en que leemos, sino también la forma en que se escriben, se editan y se distribuyen los libros. Como ocurrió con Gutenberg, no sabemos exactamente adónde nos llevará. Pero la historia sugiere que quienes apuesten por la cultura escrita estarán, una vez más, del lado correcto del futuro.