Llegué a Venezuela por primera vez a inicios de los noventa. Fui como periodista deportivo, siguiendo a Sporting Cristal y Universitario en la Copa Libertadores, pero terminé cubriendo —sin saberlo— un país que jugaba en otra liga. Venezuela era entonces “la tierra de la gracia”, y no era un eslogan turístico sino una descripción bastante precisa. Caracas tenía rincones de primer mundo. Bajarse en la estación de Sábana Grande era impactante; caminar por Chacaíto resultaba mejor que pasear por Miami. En las zonas industriales, los obreros bailaban salsa alrededor de camionetas lujosas y brindaban con whisky etiqueta negra. Pedir “dos horas de cervezas” en un bar no era un exceso: era una costumbre.
Treinta años después, el viaje es otro. Ahora recorro esos mismos lugares por YouTube y el choque es brutal. Donde hubo luz hay óxido; donde hubo música, silencio; donde hubo fiesta, abandono. El chavismo no solo administró mal un país: lo desmanteló con paciencia ideológica. Venezuela pasó de ser una potencia regional a un museo del deterioro, con vitrinas rotas y promesas vencidas. La riqueza se evaporó y fue reemplazada por consignas, antagonismos y un odio sistemático que terminó devorándose todo.
Hoy se respira —con cautela— una sensación de final de pesadilla. Venezuela merece volver a ser ese país exuberante que conocí, el que albergó los sueños de miles de peruanos y de tantos otros latinoamericanos. Pero nada está garantizado. Todo dependerá de una transición democrática real, sin trampas ni caudillos reciclados, y de la capacidad de reconstruir no solo la economía, sino también la confianza. Porque los países, como las personas, no se destruyen solo por pobreza, sino por perder el sentido del futuro.




