Mientras la efervescencia política crece al ritmo de la cercanía electoral y el Gobierno pierde legitimidad en medio de disputas y cuestionamientos, el país real enfrenta otra batalla: lluvias intensas, huaicos, deslizamientos e inundaciones que golpean con fuerza a diversas regiones. En el norte y el sur hay miles de compatriotas afectados que no esperan discursos ni cálculos políticos, sino respuestas concretas y recursos. El presidente José María Balcázar debe comprender que, en un contexto de emergencia, la prioridad no es la supervivencia política, sino la protección de la población.
Resulta preocupante que la reciente visita del mandatario a Arequipa haya sido percibida como un gesto protocolar más que como una acción efectiva. Reunirse con autoridades y “coordinar” no basta cuando hay familias que lo han perdido todo. La indignación expresada por autoridades locales y ciudadanos refleja una sensación de abandono. En situaciones críticas, la improvisación se paga caro y la distancia entre el poder y la población se vuelve intolerable.
La amenaza del llamado Niño Costero obliga a redoblar esfuerzos. No se trata de una eventualidad imprevisible, sino de un fenómeno recurrente que exige prevención, planificación y ejecución presupuestal eficiente. El Estado no puede reaccionar solo cuando la tragedia ya está consumada. Se necesitan obras de defensa ribereña, sistemas de drenaje operativos, atención sanitaria oportuna y ayuda humanitaria inmediata.




