Estas elecciones dejaron una lección que no podemos ignorar. Por primera vez, gracias al retorno del bicameralismo, 28 de los 36 excandidatos presidenciales postularon también al Congreso. Este hecho inédito cambió el escenario político en el Perú.
Muchos de ellos lograron una votación preferencial significativa; sin embargo, otros obtuvieron resultados mínimos. A pesar del respaldo de miles de ciudadanos, en la mayoría de los casos sus votos no se tradujeron en escaños debido a que sus partidos no superaron la valla electoral.
Hoy, quienes han llegado al Parlamento tienen la responsabilidad de ejercer un rol constructivo, ya sea desde el oficialismo o la oposición. El país necesita diálogo, consensos y una agenda que represente también a los millones de peruanos que han quedado sin voz en el Congreso. Urge un diálogo político amplio considerando los millones de peruanos no representados. Que no traben, sino que propongan espacios de diálogo que luego se materialicen en posibles consensos.
Una democracia sólida no se construye solo con un buen gobierno. Se construye también con un Congreso plural, técnico y propositivo, capaz de equilibrar el poder y representar a quienes votaron por un cambio, aunque sus candidatos no ocupen una curul.
El reto ahora es convertir ese anhelo ciudadano con o sin representación en una agenda legislativa concreta que no se apague o que se salga de la fiesta democrática para unirse al baile de los que sobran.




