Se cuenta que un padre quiso ayudar a su hija a financiar sus estudios universitarios y le entregó un automóvil antiguo y muy valioso para que lo vendiera. La joven comenzó a buscar compradores. En algunos lugares se burlaron de lo viejo y deslucido que estaba; otros señalaron su lentitud, sus años y el costo de mantenerlo. Las ofertas fueron tan bajas que apenas representaban una fracción de lo que necesitaba, hasta que llegó donde un coleccionista. Él no vio simplemente un auto viejo. Vio su historia, valoró su antigüedad, su exclusividad, su valor. Y ofreció por él una suma que la joven jamás había imaginado. El automóvil no había cambiado. Había cambiado la mirada y la percepción de quien lo observaba.

Quizás algo parecido nos sucede a las personas. Hay momentos en los que podemos sentir que nos escurrimos del lugar donde encajábamos perfectamente y terminamos transitando por espacios que no nos identifican, no nos reconocen y no alcanzan a valorar nuestra verdadera dimensión. Lugares donde nuestra experiencia parece obsoleta, nuestras capacidades innecesarias, nuestras ideas incómodas o nuestra presencia invisible. Y la experiencia puede ser peligrosa, porque podemos empezar a confundir la falta de reconocimiento con la falta de valor propio.

Es entonces cuando entramos en una especie de “congeladora emocional”: un espacio donde el entusiasmo se apaga lentamente porque nada de lo que ofrecemos encuentra eco. Y la pregunta inevitable resulta ser: ¿cómo recuperar el brío cuando sentimos que estamos detenidos? Quizás el primer paso sea recordar que nuestro valor no disminuye porque alguien no sepa verlo. Un buen profesional puede parecer mediocre en el lugar equivocado. Una persona creativa puede parecer problemática donde no existe espacio para nuevas ideas. Alguien con enorme experiencia puede parecer prescindible en un ambiente que solo mira lo inmediato. No siempre necesitamos convertirnos en otra persona para recuperar nuestro valor. A veces, solo necesitamos otra mirada. Otro escenario. Otro espacio donde aquello que somos, sabemos y hemos construido vuelva a tener sentido y pierda su invisibilidad.

Y esta historia que se inició con el relato de la intención de ayuda económica de un padre a una hija, termina por concluir sabiamente que las personas no pierden nunca su valor, porque el valor es intrínseco. La valoración y el reconocimiento dependen muchas veces del lugar donde nos encontramos y de quienes tienen la capacidad de mirarnos dentro del engranaje de la realidad.

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