La desconfianza y el desencanto de los peruanos por la clase política es cada vez mayor. Los últimos escándalos de congresistas recortando el sueldo a sus trabajadores son un indicador muy significativo de la descomposición de los que supuestamente llegaron al poder para servir a la gente. Hay una desvalorización sin precedentes de los políticos, que se acrecienta con las claras señales de corrupción. Por ello, son rechazados ampliamente por la población.

Sin embargo, el verdadero drama es que hoy los partidos políticos no son instituciones sólidas que proyecten ideas y calidad moral. Por eso, cualquier advenedizo, aventurero y corrupto gana una posición sin problemas en cualquier agrupación. Solo le basta aportar dinero para candidatear en cualquier proceso electoral.

Los históricos partidos políticos del siglo pasado fueron desplazados por movimientos efímeros, cuyos miembros tienen como objetivo aprovecharse del poder para satisfacer sus intereses personales. El sistema de partidos atraviesa una crisis sin precedentes y parece que nadie quiere cambiar esta situación. Se habló mucho de las reformas políticas, pero no hay señales que en un futuro cercano se lleven a cabo.

Frente a ello solo se ve a líderes sin reflejos ni capacidad de reacción para revertir este panorama. Incluso algunos ya están tan golpeados por las evidencias de corrupción que parecen a aquellos boxeadores masacrados, que luego de escuchar la campana, no saben a qué rincón del ring dirigirse.





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