Entre abril y junio de 2021, cuando el Perú padecía la devastación anímica, social y económica generada por la pandemia de COVID-19, que había tenido una segunda ola de contagios descomunal que dejó en evidencia la precariedad de nuestro sistema de salud, se necesitaba casi un titán en Palacio de Gobierno para levantar al país, pero por esas cosas que solo suceden en estas tierras, el elector optó por un semianalfabeto, filosenderista y experto en armar huelgas absurdas como Pedro Castillo.
Lo que vimos desde el 28 de julio era lo único que podía pasar: el país quedó en las peores manos para salir de esa crisis histórica, solo comparable con la que nos dejó la Guerra del Pacífico. Muestra de eso fue el equipo ministerial encabezado por Guido Bellido, e integrado por Héctor Béjar, Walter Ayala, Dina Boluarte, Pedro Francke, Juan Carrasco, Anahí Durand, Roberto Sánchez, Juan Silva y otros para el olvido, todos ellos integrantes de eso que en Correo calificamos como el “peor gabinete de nuestra historia”.
La administración de Castillo fue un desastre, y acá las críticas no tienen nada que ver con que el hombre sea profesor, campesino, rondero o lo que quiera. La ineptitud y la corrupción no tienen nada que ver con el color de la piel o la clase social. Ese cuento de la discriminación y el racismo, que se lo crean quienes se lo quieran creer. El elegido en 2021 fue un incapaz completo que solo sabía repetir la palabra “pueblo” y que jamás pudo convocar a gente valiosa para que desde el Poder Ejecutivo al menos cubra sus limitaciones.
Hoy tenemos un candidato como Sánchez, ministro de Comercio Exterior y Turismo en el gobierno de Castillo, que reivindica el fracaso que fue la administración del profesor que de agitador de plazuela no debió pasar jamás. ¿A qué apela el hoy candidato para atraer el voto de la gente? Al enfrentamiento de las provincias contra Lima, de “blancos” contra “mestizos”, “ricos” contra “pobres”, al discurso de la “lucha de clases” y a acusar de “racistas y clasistas” a quienes no comulgan con su ideología jurásica y probadamente fracasada.
Si Castillo y su “equipo” hubieran hecho algo positivo por el país, habría cómo reivindicar esa administración que en verdad fue nefasta y acabó con un intento de golpe de Estado. No hubo un solo sector que pudiera avanzar. Era profesor, pero Educación siguió por los suelos, en Salud tuvimos como ministro al de las “aguas arracimadas”, y en Vivienda y Transportes vimos a pasar a corruptos de marca mayor como Geiner Alvarado y el hasta hoy prófugo Juan Silva, respectivamente. Ese desmadre no se puede repetir.




