Uno de los grandes problemas del país es el divorcio entre la realidad y las políticas públicas. Durante años el Estado ha partido de premisas ideologizadas que buscaban promocionar ciertas visiones parcializadas del mundo, aunque estas muy poco tengan que ver con lo que sucede en el Perú. La ideología moldea la realidad y la deforma, pero el afán de transvalorar los valores, como decía Nietzsche, termina destrozando la cosa pública provocando, además, ineficiencia, inconstancia, falta de rumbo objetivo y fuga de capitales y recursos humanos. Richard M. Weaver tenía razón: “las ideas tienen consecuencias”. Y tratándose del Perú, las ideas han sido devastadoras.

Porque las ideas que han permeado nuestra esfera pública han transitado desde el filo-terrorismo de cuño polpotiano hasta el egoísmo insensato y miope del neoliberalismo. Cuando muchos se preguntan sobre los orígenes de la crisis que nos golpea hemos de rastrear las raíces de nuestro declive hasta esta confrontación ideológica. Superar esta lucha dialéctica, apostar por el reformismo realista y conducir las fuerzas de la nación a objetivos concretos, todo eso depende de un liderazgo basado en el sentido común capaz de superar la guerra cultural.

Es preciso formar a las nuevas generaciones libres de los prejuicios que tanto daño han causado a la administración del Estado. Libres de las taras marxistoides, libres del capitalismo deshumanizado que solo piensa en su pitanza. El Estado debe formar ciudadanos que solucionen los problemas de la nación, que abandonen la queja permanente y que vean en los desafíos de nuestro territorio las oportunidades de todos los peruanos que están por llegar. Así, con la historia libre de interpretaciones sesgadas, construiremos un país más justo, más grande y más solidario

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