Estamos prontos a que el fujimorismo, corriente política nacida en los años 90, se haga del poder tras 26 años, ahora será bajo el liderazgo de Keiko Fujimori, hija de Alberto Fujimori, el presidente que cumplió por muchos años una prisión injusta y que, en rigor, fue un preso político al haber sido condenado sin pruebas contundentes.

Su gobierno, más allá de errores, omisiones y delitos de algunos de sus colaboradores, fue, en las sumas y restas, exitoso. Tanto es así que gracias al trabajo paciente —y lleno de errores y tropiezos también— de su sucesora, su hija Keiko Fujimori, el fujimorismo ha logrado ubicarse por encima del odio que la izquierda cosmopolita ha inoculado en la juventud peruana durante el período que algunos denominan con acierto “República Caviar”.

Hoy Fuerza Popular es el movimiento político más importante del país, y eso llena de rabia y frustración a las izquierdas. Esto se debe a que parte muy numerosa de la población peruana mantiene vivo el legado de Fujimori, cuyas políticas antiterroristas afianzaron la victoria militar sobre aquellas organizaciones delictivas.

Esa firmeza y decisión, esperamos hoy se replique en su sucesora y su equipo. FP debe consolidarse como la gran derecha popular peruana, que aún se halla en prolongada fase embrionaria. Hoy representa el populismo conservador definido por el sociólogo Manuel Castillo Ochoa, cuyo arraigo sólo ha sido visto antes en la Unión Revolucionaria (UR) de Luis A. Flores, y en la Unión Nacional Odriísta (UNO) del general Manuel A. Odría.

Su victoria ha sido esperada por muchos desde hace casi 15 años. Existen enormes expectativas, entre ellas la reivindicación histórica de la lucha contra el terrorismo que lideró su padre, lo que implica desaparición de LUM, condena y la desvinculación definitiva del Estado del informe de la CVR.

Esperemos que esta victoria sepulte la “República Caviar”, y desvanezca del horizonte la amenazante “segunda prosperidad falaz”, de la que hemos estado muy cerca.