Tener 36 candidatos presidenciales podría parecer un estallido de diversidad democrática, pero es una pasarela electoral donde sobran los nombres y escasean las propuestas sólidas. Todos repiten el mantra del “bien común”, pero casi ninguno se atreve a sostenerlo con técnica, datos y planificación real. Adaptarnos al clima en un país que convive con El Niño Oscilación del Sur (ENSO), heladas, sequías y lluvias extremas, vuelve a ser un tema arrinconado bajo la creencia de que no genera votos ni encuestas favorables.

Mientras cada campaña recicla promesas como derrotar la pobreza, domar la inseguridad, mejorar la salud y proteger el ambiente, sin información climática, esas promesas son frágiles. En lo subsuperficial del Estado no existen líneas base consolidadas ni sistemas de alerta funcionales ni modelos de riesgo que orienten decisiones con rigor. Y cuando la realidad golpea —cuando Piura se inunda, cuando un huaico arrasa un distrito, cuando la sequía deja a una región sin agua— aparece el guion más predecible de nuestra política: “estado de emergencia por culpa del anterior”. Este ciclo no es fortuito, es conveniente. La ausencia de indicadores permite gobernar sin responsabilidad, sin memoria y sin consecuencias.

El clima, en cambio, ofrece una ruta clara que nadie quiere mirar. Los patrones del Pacífico, la dinámica andina y la variabilidad amazónica dibujan un país donde la recurrencia es la regla. Con esa información, cualquier candidato podría planificar mejor y reducir vulnerabilidades. Pero para eso se necesita institucionalidad climática, justamente lo que la política ha debilitado con paciencia geológica. No es que tengamos demasiados candidatos: es que ninguno quiere leer el pronóstico.