La reciente captura del despreciable Nicolás Maduro, por parte del gobierno de Estados Unidos y Donald Trump amparados en una orden judicial, ha puesto supuestamente en jaque al derecho internacional.

El secretario general de la ONU, Antonio Guterres, ha solicitado “respetar el derecho internacional, incluida la Carta de Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia política de los Estados”.

En paralelo, tras la valiente incursión, la izquierda, nacional e internacional, ha dejado ver la podredumbre de sus entrañas al cuestionar la justa intervención y criticarla bajo un concepto legal que es un tigre de papel, casi una entelequia, y que esconde que el cuestionamiento en realidad obedece al odio irracional que le tiene a Estados Unidos.

Claramente, Trump y el secretario de Estado, Marco Rubio, han entrado en la historia al capturar al cabecilla de un régimen genocida que no solo mató, torturó, abusó, hizo fraude y obligó a la sufrida e inclemente diáspora de 8 millones de venezolanos y que estaba a cargo de un criminal narcoterrorista, una bazofia humana, un tirano inmundo.

Por eso, solicitar el cumplimiento del “derecho internacional” para un régimen miserable que se burló de todos sus deberes –y que no tiene derecho a nada– es una ofensa al dolor y el sufrimiento de millones de familias sedientas de justicia y que han encontrado en la gesta de EE.UU. un ápice del resarcimiento que aún les deben.

Habría que recordar que cuando el 15 de enero de 2018, Óscar Pérez fue asesinado por las hordas chavistas luego de haberse rendido y solicitado el cese al fuego, nadie se acordó del derecho internacional.

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