“No más pobres en un país rico” es una frase que sonó bien como eslogan de campaña electoral, pero a estas alturas ya es imposible hacerlo realidad. ¿Por qué? Porque un país de enormes riquezas está gobernado por improvisados y extremistas que solo garantizan inestabilidad y destrucción.

Mientras los peruanos sufren más que nunca por el alza de precios de la gasolina, el gas y los alimentos, es evidente que el Gobierno tiene un problema de incompatibilidad de objetivos y de entendimiento de la situación económica. Por eso, la crisis se sigue profundizando y las voces de rechazo a la gestión del presidente Pedro Castillo siguen creciendo.

En el libro “El Fin del Poder” de Moisés Naím, se decía que “los partidos están dando paso a rebeldes y recién llegados que no han subido por el escalafón del aparato partidista ni se han molestado en formar parte del círculo protegidos de los líderes de siempre”. Esto explica cómo han llegado al Gobierno personajes vinculados al terrorismo, cocaleros, líderes regionales extremistas, dirigentes magisteriales radicales, políticos involucrados en actos de corrupción, etc.

Algunos tienen puestos importantes en los ministerios y saben que no tienen que desenvolverse de acuerdo a lo tradicional sino como les conviene.

A estas alturas el Jefe de Estado es un turista de sus promesas. Dijo que gobernaría para todos los peruanos y lucharía contra la corrupción, además de engolar la voz para rechazar categóricamente al terrorismo, pero ahora ya sabemos que es notable la diferencia entre el acto de prometer y el de gobernar.