No es una exageración decir a estas alturas de marzo que no se sabe quién gobierna el país. La juramentación, ayer, de un nuevo gabinete es la más clara demostración de que se ha caído en la anomia y el marasmo reina entre quienes deberían ostentar el poder del Estado, regentarlo y hacerlo prevalecer.

El punto crucial con la salida Denisse Miralles se produjo poco tiempo después de que se conociese el oficio que envió el secretario general de Palacio, Alonso Tenorio Trigoso, en el que le expresa a la destituida premier el agradecimiento del presidente José María Balcázar por los servicios prestados a la nación. Se estaba a poco de la una de la tarde.

El tema es que luego de algunos minutos, aproximadamente a la 1: 20 pm. el propio Balcázar es abordado por la prensa en los exteriores de Palacio y asegura allí que el gabinete seguía en funciones. “Todos los ministros están en sus puestos, nadie ha renunciado”, señaló con desparpajo.

¿Qué pasó entonces allí? O Balcázar jugó a ser “Pepe el vivo”, meciendo a la prensa al negar una crisis que ya había explotado o, lo más seguro, es que alguien había tomado la decisión por él y sin haberle avisado.

¿En manos de quién estamos?  O en las de un octogenario que no tiene la menor idea de qué hacer con el poder que se le ha conferido o en las de inescrupulosas bancadas del Congreso, que buscan cogotearlo para arrancharle ministerios o la dirección de entidades con las cuales lucrar.

Alianza para el Progreso, Podemos, Acción Popular y casi todas las izquierdas son los buitres de este Parlamento carroñero y que ha encontrado en el sector público una presa mortuoria a la que hay que llegar primero para destripar. La oportunidad, en 25 días, de desterrarlos del mapa electoral no debe ser desperdiciada.