La vida de los santos supera con creces cualquier película épica. La de San Ignacio de Loyola es particularmente impresionante. En su autobiografía, san Ignacio señala que él es, esencialmente, “un peregrino”, un hombre que camina por la tierra en busca de Dios. Pero su recorrido fue largo, difícil, complicado: “Hasta los veintiséis años de su edad fue hombre dado a las vanidades del mundo, y principalmente se deleitaba en ejercicio de armas, con un grande y vano deseo de ganar honra”. Nuestro peregrino no fue ajeno al falso deseo de gloria humana, siempre perecible. Pero tras su conversión, San Ignacio decidió que todo era en vano cuando no estaba orientado hacia Dios. Y siempre buscó encontrarse con Él.
Es emocionante comprobar como muchos santos han encontrado en la educación un camino claro para la transformación cristiana del mundo. San Ignacio fue también un peregrino universitario. No dudó en acudir a la universidad más famosa de su tiempo (París) para formarse al más alto nivel. Y allí encontró a varios de sus mejores discípulos. Pienso, por ejemplo, en el gran san Francisco Javier cuyo castillo es un símbolo en el viejo reino de Navarra. Encender el mundo con el fuego del conocimiento siempre fue uno de los objetivos de Ignacio, el peregrino, y así lo hicieron durante siglos sus discípulos. En efecto, la educación es capaz de transformar el mundo si está basada en el carácter, en la razón y en la verdadera libertad.
Nos hacen falta peregrinos que enciendan los caminos de la educación, de la ciencia, del conocimiento verdadero y del diálogo universitario, fundamento de la verdadera calidad. Solo así se salvará el Perú.




