Una palabra genera preocupación en el Perú: El Niño. Y cuando aparecen noticias comparando cualquier señal oceánica con el evento extraordinario de 1997-1998, es natural que surjan dudas entre empresarios, agricultores, autoridades y ciudadanos.
La ONU por intermedio de la Organización Meteorológica Mundial ha informado sobre la posibilidad de que se desarrolle un evento El Niño (ENSO) en el Pacífico central, conocido como Niño 3.4. La señal observada es un calentamiento de aguas bajo la superficie del océano, una condición que también estuvo presente antes de eventos importantes del pasado. Sin embargo, una señal no es una sentencia.
La historia reciente demuestra que situaciones similares ocurrieron en 2015 y 2023, sin generar en el Perú impactos comparables a los de 1997. La razón es sencilla: para que un ENSO alcance gran intensidad no basta con que el océano se caliente. Es necesario que la atmósfera responda mediante un proceso conocido como acoplamiento océano-atmósfera. Hasta el momento, ese mecanismo no se está observando.
Además, no todo ENSO tiene el mismo impacto sobre nuestro país. Los eventos débiles o moderados que se desarrollan en el Pacífico central suelen tener una influencia limitada sobre la temporada regular de lluvias. El Perú posee una estación lluviosa propia, especialmente en la sierra y la Amazonía, que ocurre con o sin la presencia de El Niño.
Por ello, la prioridad no debe ser prepararnos para un desastre hipotético, sino para los riesgos que enfrentamos cada año. Debemos proteger quebradas activas, fortalecer drenajes urbanos, asegurar la disponibilidad de agua en zonas vulnerables a sequías y mejorar los sistemas de alerta temprana.
La gestión moderna del riesgo no consiste en reaccionar al miedo, sino en anticiparse con información, planificación y evidencia científica.




