El accidente cerebrovascular (ACV) no siempre aparece de forma súbita ni con síntomas evidentes. Existe una variante frecuente y subdiagnosticada, conocida como ACV silencioso, que puede pasar inadvertida durante años y, aun así, representar un riesgo significativo para la salud cerebral.
“Un ACV silencioso es un pequeño infarto cerebral causado por la interrupción del flujo sanguíneo en arterias de pequeño calibre. A diferencia del ACV típico, no produce síntomas neurológicos severos, por lo que muchas personas no saben que lo han padecido”, explica el Martin Gavidia, neurólogo de la Clínica Anglo Americana.
Alta prevalencia en adultos mayores
El impacto poblacional no es menor. De acuerdo con el especialista, la prevalencia del ACV silencioso en personas mayores de 65 años alcanza entre 10% y 20%, y aumenta conforme avanza la edad.
Las lesiones suelen localizarse preferentemente en la sustancia blanca del cerebro, comprometiendo funciones cognitivas sutiles como la memoria, la atención, la coordinación y la capacidad de planificar y ejecutar acciones. Por ello, los primeros signos suelen ser leves y progresivos: dificultad para concentrarse, olvidos frecuentes, cambios del estado de ánimo, torpeza motora discreta o caídas sin causa aparente. Con frecuencia, estos síntomas se atribuyen erróneamente al “envejecimiento normal” o al estrés.
El riesgo del daño acumulativo
“El problema no es solo el evento aislado, sino el daño acumulativo. Cada ACV silencioso suma lesión cerebral y aumenta de forma significativa el riesgo de deterioro cognitivo, demencia vascular y de sufrir un ACV clínico mayor”, advierte el Dr. Gavidia.
Este tipo de eventos es más frecuente en personas con factores de riesgo como hipertensión arterial no controlada (el principal), diabetes, colesterol elevado, tabaquismo, obesidad, sedentarismo, fibrilación auricular, apnea obstructiva del sueño y enfermedad renal crónica, así como en adultos mayores con antecedentes cardiovasculares.
Cómo se diagnostica
El diagnóstico se realiza a partir de una evaluación clínica detallada apoyada por estudios de resonancia magnética cerebral, capaces de detectar pequeñas lesiones isquémicas. Estas evaluaciones se recomiendan especialmente en personas con factores de riesgo, quejas cognitivas leves o cambios en el desempeño de sus actividades habituales.
Prevención: la clave para reducir el riesgo
La prevención cumple un rol fundamental. “El control adecuado de la presión arterial, la diabetes y el colesterol, junto con actividad física regular, una alimentación saludable, evitar el tabaco y tratar arritmias como la fibrilación auricular, puede reducir de manera significativa el riesgo de un ACV mayor”, señala el neurólogo.
Detectar a tiempo el ACV silencioso permite modificar el riesgo de mayor daño cerebral y constituye una oportunidad concreta para prevenir consecuencias neurológicas severas en el futuro.





