Killapa Wawan no es solo una película, es el resultado de una búsqueda personal y cultural que atraviesa memoria, territorio e identidad. En esta propuesta cinematográfica, el director peruano César Galindo explora el mundo andino desde una mirada íntima, nutrida por su propia experiencia y por su vínculo con la lengua quechua y las tradiciones que sobreviven fuera del foco central del país.
En diálogo con Diario Correo, Galindo reflexiona sobre el origen del proyecto, su proceso creativo y los desafíos de hacer cine en lenguas originarias en el Perú. También aborda su colaboración con la actriz Magaly Solier y la necesidad de reconocer la multiculturalidad como una riqueza narrativa y social.
—¿En qué momento nació la idea de contar esta historia y qué lo motivó personalmente a llevarla al cine?
En mi infancia viví con mi abuela en Puquio, en el sur de Ayacucho; fue un periodo que marcó muchísimo mi vida. Muchas cosas han tenido trascendencia e importancia, como haber bebido de lo más profundo de la cultura peruana y aprender el quechua y el español al mismo tiempo. Guardo imágenes de las cosas que he visto, como el danzante de tijeras; después, con los años, uno se redescubre cuando ves nuevamente danzantes de tijeras. Hay una famosa leyenda del pastorcito que cuenta que él aparece en las cascadas para iniciar a los danzantes; entonces, esas cosas reunidas a mí interés por salvaguardar nuestra identifad cultural hicieron que me interesara escribir un guion sobre eso.
—¿Qué aspectos de la cosmovisión andina considera que el cine aún no ha explorado lo suficiente y que usted quiso visibilizar?
Personalmente, me considero un cronista visual. Siempre estoy en el Perú, viajando y registrando todas las cosas que veo. A veces la gente no lo ve, porque uno está acostumbrado a que esas cosas existan. De repente, el haber vivido muchos años en el extranjero hace que mi mirada hacia el interior de mi país sea diferente. Como la pobreza, por ejemplo; acá es normal para la gente, pero para mí, cuando vengo de afuera, la pobreza; digamos, me duele. El Perú es un país que es una veta inagotable de historias fantásticas, de cosas culturas que están tapadas; así como estamos descubriendo muchas cosas a nivel arqueológico, creo que hay muchas cosas que son restos arqueológicos espirituales, si quieres llamarlo así. Siempre he estado interesado en hurgar dentro de mi cultura, de mi pueblo, de mi nación; en esas cosas invisibles que muchas veces son fabulosas. Uno tiene que aprender a reconocerlas y mostrarlas; eso es lo que trato de hacer con el cine. No lo hago por separar el mundo tradicional del mundo andino, sino porque creo que es esencial reconocer tu origen y tu pasado.

—¿Qué significó para usted contar con Magaly Solier en el rol protagónico de Killapa Wawan, y cómo influyó su presencia y sensibilidad actoral en la construcción del personaje?
Magaly Solier es una amiga con la que considero que tenemos algunos puntos en común, porque ella es una defensora del quechua, de nuestra cultura y de nuestra identidad; y yo, más o menos, tengo las mismas inquietudes. No solo es eso lo que me mueve en la vida, pero una de las partes más importantes está orientada hacia eso. Conversamos sobre el guion, me dijo que le interesaba y me invitó a Huanta para mostrarme Razuhuillca, una de las montañas de uno de los apus en el mundo andino. Ese día, el guion tomó otra forma, creció de otra manera, porque para mí los guiones, en general, son instrumentos de trabajo; no son unas cosas definitivas, hay muchas maneras de trabajar en cine. En mi caso, no dejo mucho lugar a la espontaneidad, a lo que el mundo me puede ofrecer. Lo que me podía ofrecer, en este caso, las montañas, la laguna, los riachuelos, le dan otra forma al guion, porque ya no es escrita en papel, sino la naturaleza misma se impone dentro de la película. Ese fue mi contacto con Magaly. Como lo he declarado hace poco, tiene unos problemas de salud; es una persona sensible, con un talento increíble, con altos y bajos.

—¿Qué aprendizajes personales y profesionales le dejó la realización de Killapa Wawan?
En general, el cine a mí me ha hecho descubrir que no hay actores en quechua en el Perú. Los jóvenes ya no quieren hablar quechua, ya sea por racismo o porque la única manera de funcionar en nuestra sociedad es hablando en español, que es totalmente absurdo. También he entendido que Lima alberga un altísimo porcentaje de gente quechuahablantes; algunos lo aceptan, algunos lo niegan, algunos no lo reconocen. Hay muchos jóvenes que creen necesario aprender el quechua, porque nuestro país es multicultural, y esto no lo veo como un atraso de la sociedad; al revés, pienso que la multiculturalidad es una riqueza de la que deberíamos estar orgullosos, además de conservarla, preservarla y estimularla. Trato de hacer un cine que sea universal, donde cualquier pueblo del mundo lo puede entender y se pueda identificar, porque los problemas humanos son universales; no pertenecen a una sola sociedad u otras; eso es lo que yo he aprendido o lo que el cine ha reafirmado dentro de mi persona.
—¿Qué consejo le daría a los jóvenes cineastas que desean contar historias desde sus propias raíces culturales?
Ahora con la tecnología que está al alcance de todos, creo que uno puede hacer películas hasta con el teléfono. Cuando yo vivía en Suecia, yo decía que tenía que hacer una película por año porque en esa época era complicadísimo filmar. En el Perú, los jóvenes que quieren hacer cine, deberían hacerlo con los elementos que tengan, no esperar a tener las cosas ideales porque a veces eso nunca se va a dar. También es importante poder ver nuestro origen, ver nuestro pasado, porque eso nos va a permitir proyectarnos de manera personal como peruanos. Somos un país de los mil rostros, un país que tiene una riqueza cultural muy grande.
—Finalmente, ¿qué le gustaría que permanezca en el espectador después de ver Killapa Wawan?
Me encantaría que el público sienta la necesidad de reconocerse y descubrir de repente una parte del Perú, una parte de nuestras creencias y de nuestra forma de ver el mundo. Poder disfrutar de la sonoridad del idioma quechua y la historia de la relación de la niña con las tijeras y la búsqueda de su identidad. Disfrutar de la música, de la danza de las tijeras, de varias cosas que puedan quedar en la memoria. El cine que yo propongo es realizarlo en quechua y subtitularlo para reconocer que somos ricos y que tenemos otros idiomas.






