"Tengo una facilidad natural para la autodestrucción. Buscaba la crítica para flagelarme y decir '¿por qué?'", dice Gilraen Eärfalas, que visitó la FIL Lima 2026. (Foto: Diana Marcelo/GEC)
"Tengo una facilidad natural para la autodestrucción. Buscaba la crítica para flagelarme y decir '¿por qué?'", dice Gilraen Eärfalas, que visitó la FIL Lima 2026. (Foto: Diana Marcelo/GEC)

“El dolor te vuelve poeta”, nos dice Gilraen Eärfalas, joven escritora y médica mexicana que entrelaza la ciencia y el arte en su obra literaria.

Desfibrilador”, su comentado debut en la poesía a través de un blog, (que luego reeditó Planeta), nació de una experiencia personal de desamor; que en 2026 se afianza con su reciente lanzamiento “De anatomía poética”.

“Aunque ahora estoy casada, todo comenzó con un desamor a los 18 años, tuve una relación con un médico cardiólogo que fue quien me rompió el corazón. Él fue una gran influencia para que yo estudiara medicina, se mostraba interesado en sus pacientes, pero yo no le importé nunca. Ese desamor fue el chispazo”, dice Gilraen, que también es autora de “No me llames loca” y “Eres el amor de mi otra vida”, dos novelas que la han convertido en toda celebridad que comprobó “in situ” durante su participación en la FIL Lima 2026.

¿Cómo asumes el proceso creativo de tu poesía?

El proceso de Desfibrilador comenzó cuando estaba en primer año de la universidad y conocí la historia de la medicina, me pareció precioso descubrir que muchas bases médicas actuales vinieron de la sensibilidad de médicos que también eran poetas o artistas. A veces queremos divorciar la ciencia del arte, pero no es posible, mi propuesta es que no deben estar separados, sino en fusión.

En “Desfibrilador” utilizas la estructura de una historia clínica, desde el ingreso hasta el alta. ¿Cómo fue el proceso de darle orden a esos textos publicados originalmente en un blog? La edición independiente que auto publiqué en 2018 no tenía forma ni orden; eran poemas regados, cuando llegó la editorial Planeta, quise repensar la edición y decidí organizarlo como un expediente clínico. Para un médico, la narrativa es esencial antes de pasar al diagnóstico; primero necesitas que el paciente relate lo que siente. Yo quería que pareciera un libro de medicina ordenado por días, terminando con una “alta voluntaria”, que es la rebeldía del paciente que decide irse porque siente que ya no pueden hacer nada por él.

¿Te sorprendió la respuesta del público ante esta mezcla de medicina y poesía?

Sí, no me lo imaginé. Me sorprende ver a jovencitas que me dicen que estudian medicina porque leyeron mi libro, o a médicos que ven términos cotidianos del hospital usados para hablar del desamor. Uso conceptos como el “cuarto de choque”, donde llegan los pacientes en paro y la pregunta más difícil es cuándo parar las compresiones. Eso es aplicable a la vida: ¿cuándo parar de insistir en una relación que no nos hace bien?

Con tu último libro, “Anatomía poética”, decidiste mantener esta misma línea creativa.

Sí, decidí seguir por ahí, en este caso me ayudaron mucho los personajes de mi novela No me llames loca. Al terminar esa novela, el psiquiatra Anthony Cadwell y el cirujano Marck Almond “me seguían hablando”, diciéndome que no se habían quedado a gusto y que querían algo más.

¿Anatomía Poética es un libro sanador o es para que las heridas de amor se hagan más grandes?

Yo no escribo autoayuda, lo mío es pura autodestrucción, no busquen en mí la solución ni consejos, porque yo misma me tropiezo con la misma piedra. No puedo quitar el dolor, pero puedo decirte: “siéntate, me quedo contigo hasta que pase”.

"La medicina era mi esposa y la poesía era mi amante; ambas me querían en casa y tuve que dejar a una", dice la escritora mexicana.
"La medicina era mi esposa y la poesía era mi amante; ambas me querían en casa y tuve que dejar a una", dice la escritora mexicana.

Eres parte de una generación de escritoras que nacieron en redes sociales. ¿Qué opinas de este nuevo vehículo para darse a conocer?

Me parece maravilloso, creo que autores de hace muchos años habrían dado mucho por vivir una oportunidad así. Yo comencé de una manera muy sencilla; no me quería dedicar a esto de lleno ni ganar dinero con ello. Simplemente quería escribir y mostrar lo que sabía. Creo que muchas chicas tienen ese deseo de mostrar su historia o lo que se les vino a la imaginación en la adolescencia, como ese romance que se inventaron con su crush. Cualquiera tiene derecho a escribir y a mostrar su trabajo.

¿En qué momento decides dejar el hospital por la literatura?

Quiero pensar que sigo ejerciendo la medicina de otra manera, porque no se puede hacer ambas cosas a la vez. La medicina era mi esposa y la poesía era mi amante; ambas me querían en casa y tuve que dejar a una. Muchos pensaron que sería solo una temporada, pero yo sentía que debía aprovechar el momento para escribir.

¿Cómo vas con la crítica literaria?

Actualmente no me meto a leer reseñas, pero confieso que tuve una obsesión con ellas durante un tiempo.. Me las pedía el cuerpo porque tengo una facilidad natural para la autodestrucción. Buscaba la crítica para flagelarme y decir “¿por qué?”. Me estaba haciendo adicta a esa liberación de adrenalina que me provocaba leer que mi trabajo era “basura”, así que tuve que dejarlo..

¿De qué manera te afectaba profesionalmente esa exposición?

Empezaba a escribir pensando en agradar a los demás. Además, es difícil encontrar críticas que te hagan crecer; la mayoría son cuestiones de gusto personal. Nada de eso sirve para corregirme.

¿Cómo has logrado transformar esa crítica negativa en una herramienta para tu trabajo?

He aprendido a usarlo a mi favor. Por ejemplo, antes me criticaban mucho diciendo que soy una autora “desesperanzadora” y que todo en mis libros es triste. Ahora, esa es mi forma de comunicar: si buscas una autora desesperanzadora, aquí estoy. Si dicen que una novela mía es rara o que no tiene pies ni cabeza, yo levanto la mano y les digo: “¿Quieres una novela que no tenga pies ni cabeza? Aquí estoy”.