Los ecos de la memoria recorren las calles del Rímac, en un barrio atravesado por el Río Hablador, que paradójicamente atrae silencios que coinciden en la vida de más de un lector de “Campo de tiro” (Alfaguara), ópera prima del escritor peruano Harold Gálvez.
En estos ocho cuentos secuenciales, el autor relata la vida y entorno de Abel, un personaje que atrae desde su experiencia personal, pero que ficciona en la narrativa para volcar temas sobre la herencia de la orfandad, la ausencia y la identidad que se van construyendo entre la precariedad, la falta de un padre, el valor de la amistad y los vínculos en búsqueda de pertenencia.
“Cuando uno recuerda un hecho autobiográfico, no está recordando necesariamente la realidad, sino su propia versión de esa realidad. Entonces sí hay algo autobiográfico, pero como punto de partida. No termina ahí: empieza ahí”, detalla Harold a Correo.
¿En qué momento te diste cuenta de que necesitabas contar estas historias?
Creo que el hecho fundamental fue partir de un cuento, de una historia que convocara naturalmente otras, y que esa intuición terminara armando el libro. Es un libro muy intuitivo, muy sensorial, nacido de una primera intuición.
El Rímac y, específicamente, la casa de Virú tiene una presencia muy fuerte. ¿Qué significa ese espacio para ti?
Yo nací en el Rímac y sí viví en una casa muy parecida a la del personaje. En Virú. Es la casa de mi infancia. Creo que esa melancolía del recuerdo es la que también me lleva a escribir: no tener un lugar al cual volver.
La memoria y el pasado son temas centrales, pero también aparece la orfandad. ¿Por qué era importante esa condición en la historia de Abel?
Creo que partió naturalmente de las condiciones y características del personaje. En este caso, la ausencia de la figura paterna lleva a Abel a buscarla y a atravesar esa oscuridad del olvido y de la orfandad. Y la memoria también es eso. Cuando uno recuerda, también decide qué olvidar. Cuando hablamos de memoria, estamos diciendo qué cosas queremos recordar y cuáles no.
¿Hay una experiencia personal tuya detrás de esa orfandad?
Sí. Yo comparto esa condición con el personaje. Algo de eso sé, algo de eso también tengo como experiencia atravesada. No es una narración sanadora. No creo que pase por ahí y tampoco es mi pretensión. Pero sí intenta organizar ese malestar de alguna manera.
¿Crees que el libro también permite reconocer otros tipos de carencias que no necesariamente son visibles?
Sí. El olvido es una forma de violencia. Creo que las carencias más complicadas son las que no se ven. [...] No creo que el libro sea un libro de lenguaje, pero sí he intentado organizar ciertos síntomas a través del lenguaje para atravesar esa experiencia. Y el lector también la atraviesa con el personaje, con el narrador.
Los nombres también parecen tener un peso importante. ¿Qué significa el segundo nombre de Abel?
La orfandad es una condición que te pone en un segundo lugar. Entonces, creo que el segundo nombre intenta restituir una posición. Hacerlo visible, darle entidad, hacerlo más específico, ponerlo en un mejor plano.
¿Consideras que Lima y, específicamente, el Rímac y Virú, son también personajes dentro del libro?
Sí. El Rímac normalmente ha sido considerado el patio trasero del centro de Lima. Hablar desde ahí es importante. Representar historias que puedan dar cuenta de lugares que forman parte de la ciudad me parece relevante.
¿Sientes que escribir estos cuentos fue una catarsis respecto de tus experiencias personales?
No es una catarsis. Uno no sana escribiendo. Además, sanar es un término muy complejo. Uno se acompaña de los síntomas y va aprendiendo a darles un lugar, incluso a la tristeza. No creo que el libro vaya por ahí. Si algo puede pretender lograr, quizás, es construir un imaginario posible. La literatura permite construir posibilidades.





