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Andrea Mejía, escritora: “Si herimos la naturaleza, nos estamos destruyendo a nosotros mismos” (Entrevista)

La autora colombiana conversa con Correo sobre la inspiración detrás de “La sed se va con el río”, el papel de la naturaleza en su literatura y la necesidad de un vínculo entre el ser humano y la tierra
"No sé si la literatura sea capaz de cambiar el mundo por sí sola, pero despertar esa conciencia ya es algo muy importante”. Foto: Difusión.

Antonella Cazorla Reyes

Actualizado el 22/07/2026, 06:00 a.m.

Misticismo, memoria y una naturaleza que observa y dialoga con quienes la recorren envuelven la desaparición de Jeremías, protagonista de “La sed se va con el río” (Alfaguara), la más reciente novela de la escritora colombiana Andrea Mejía.

En esta conversación, la autora revela el origen de una historia donde los sueños, los territorios y esa sed que todos compartimos terminan por conducir al lector hacia una reflexión sobre la vida y su vínculo con la naturaleza.

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“La novela nació con una imagen. Fue claramente lo primero que recibí: la visión de un hombre perseguido por otros dos a través de los cañones de un río. Veía con mucha claridad el paisaje, la geografía, pero no conocía ese lugar. Entonces salí a buscarlo y lo encontré aquí, en las montañas de Colombia. Caminé por esos cañones, me quedé en la casa de campesinos que me contaron historias, fui tomando apuntes y alimentándome de todo aquello. Después vino el verdadero trabajo de la escritura, donde la imaginación transforma esa materia prima que uno recibe como un regalo para crear algo nuevo”, detalla Andrea a Correo.

En la novela, la sed parece ir mucho más allá de una necesidad física. ¿Qué formas de sed encontraste en tus personajes?

Creo que estos personajes viven una soledad muy profunda, en un lugar apartado del campo. Pero, en realidad, todos los seres humanos, incluso todos los seres vivos, tenemos una sed fundamental: el ansia de dejar de sentir esa inquietud que nos constituye, el deseo de no sufrir, de dejar de experimentar esa sensación de que nunca estamos completos. [...] Creo que la novela también habla de ese deseo de simplemente ser, sin esa inquietud permanente.

El río parece convertirse en un personaje más. ¿Desde el inicio pensaste que tendría ese papel?

Sí. La naturaleza está viva de una manera inmensa, amplia y completamente desinteresada. Esa vida se transmite a través del sonido del agua, del movimiento del río, de las plantas. Incluso el aguardiente que toman los personajes comunica esa fuerza vital que no pertenece únicamente al mundo humano ni siquiera al animal, sino a todo lo que existe.

Los territorios de la novela parecen guardar memoria. ¿Crees que los paisajes conservan las historias de quienes los habitaron?

Sí. Si la naturaleza es realmente un ser vivo, también puede ser un receptáculo donde permanece la energía y el conocimiento.

Cada territorio guarda las historias que han ocurrido allí: historias de dolor, de violencia, pero también de vida.

Yo no escribí pensando conscientemente en esa idea, pero sí tengo la sensibilidad de sentir que ciertos lugares conservan presencias. Son historias profundamente ligadas a un sitio específico y, al mismo tiempo, universales, porque hablan de lo que somos como seres humanos.

¿Qué papel tuvieron los sueños durante su proceso creativo?

Los sueños son justamente una forma de conectar con otra dimensión de la realidad, una que no responde necesariamente a la lógica o a la razón, pero que posee una enorme sabiduría. Todos tenemos acceso a ella simplemente por existir y compartir la vida con otros seres vivos. Por eso los sueños son una fuente creativa muy hermosa.

Al leer la novela es inevitablemente no pensar en la ayahuasca y en esa sensación de percibir otra realidad.

En Colombia tenemos exactamente la misma planta, aunque aquí la llamamos yagé. Es la misma especie botánica y forma parte de una tradición compartida con Perú, Ecuador y Brasil. Efectivamente el bejuco que aparece en la novela está inspirado en la ayahuasca. Forma parte de ese conocimiento ancestral que todavía conservan nuestros pueblos amazónicos y que, lamentablemente, también es un saber muy frágil porque esas comunidades hoy están amenazadas.

¿La literatura puede ayudarnos a comprender las heridas que estamos causando a la naturaleza?

Puede hacerlo porque nosotros no estamos separados de ella. Si destruimos la naturaleza, nos estamos destruyendo a nosotros mismos. El dolor de la tierra también es nuestro dolor, aunque muchas veces estemos desconectados y no lo sintamos. La escritura puede ayudarnos a reconectar con ese sufrimiento, a recordar que estamos dañando nuestra propia casa. No sé si la literatura sea capaz de cambiar el mundo por sí sola, pero despertar esa conciencia ya es algo muy importante.

¿Qué significa para ti que la novela forme parte del Mapa de las Lenguas?

Me produce una enorme alegría. Por un lado, porque ayuda a difundir una tradición viva y un conocimiento ancestral que merece ser conocido y preservado. Y también porque escribir no tiene sentido sin los lectores. Si el Mapa de las Lenguas permite que este libro llegue a más personas, yo solo puedo sentir gratitud.


SOBRE LA AUTORA

Andrea Mejía, escritora

Es doctora en Filosofía y ha sido profesora universitaria en los departamentos de Ciencias Políticas y de Filosofía de la Universidad de los Andes y en la Universidad Autónoma de México. Fue columnista de la prestigiosa revista Arcadia.

1978 nace la autora en Bogotá, Colombia.

176 páginas tiene su novela “La sed se va con el río”.

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