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Los hermanos Madalengoitia

Más o menos a mediados del siglo XIX, el canónigo don Pedro de Madalengoitia donó la colosal pila de mármol que primero se colocó en la Plaza de Armas de Trujillo y que ahora se encuentra en la plazuela El Recreo.
Más o menos a mediados del siglo XIX, el canónigo don Pedro de Madalengoitia donó la colosal pila de mármol que primero se colocó en la Plaza de Armas de Trujillo y que ahora se encuentra en la plazuela El Recreo.

Saniel E. Lozano Alvarado

Actualizado el 16/10/2026, 12:01 p.m.

En el valioso libro “Trujillo: Relatos históricos y anecdóticos”, del investigador Manuel Alvarez Haro, exalumno del Colegio Seminario de San Carlos y San Marcelo y exprofesor de la Universidad Nacional de Trujillo, encontramos valiosa y rica información no conocida o poca difundida. Una de ellas refiere las acciones benéficas que cumplieron aquí, en el siglo XIX, los hermanos José Higinio y Pedro Madalengoitia, las mismas que son necesario valorar y difundir.

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JOSÉ HIGINIO DE MAGALENOTIIA

Nació el 12 de mayo de 1774. Ingresó al Seminario en 1789 y, al término de sus estudios, recibió las Sagradas Órdenes en 1798, por lo que pasó a desempeñarse como párroco de Ichocán, Sinsicap y Santiago de Chuco, donde, con sus propios recursos económicos, hizo construir una capilla junto a la iglesia.

En 1810 recibió el grado de doctor en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos y por sus merecimientos participó en un sorteo para representar a Trujillo en las Cortes de Cádiz, delegación que le fue concedida por el doctor Pedro García Coronel. También llegó a ejercer la representación ante el Congreso en 1829 y en el periodo 1834 -1839.

Ingresó al Coro de la Catedral en 1822, ascendiendo a diferentes dignidades eclesiásticas, hasta ocupar una silla episcopal como Obispo de la Diócesis de Trujillo en 1846. Contribuyó a la refacción de la catedral con mucho desprendimiento, pues incluso, con generoso desprendimiento, declinó que se colocara en el frontis del templo una inscripción laudatoria a su persona, pues reconocía que el verdadero reconstructor fue el obispo Jaime Martínez de Compañón después del terremoto de 1759.

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Durante diez años (1823-1832) ejerció el rectorado del Seminario, donde tuvo que hacer frente a las dificultades económicas como consecuencia de la guerra de la independencia y la consolidación de la República, así como a la pobreza de los propios curatos que no les permitía aportar para el sostenimiento de la institución.

Ante tan severa crisis, aportó de sus propias rentas, con lo cual evitó el cierre del Seminario, como había ocurrido en Lima con el Convictorio de San Carlos. Tan meritísima labor le ha valido ser considerado como el “salvador del Seminario”.

También por breve tiempo ejerció el rectorado de la Universidad Nacional de Trujillo en 1841; después ocupó el obispado de la diócesis en 1846. Dos años después falleció en la hoy impropia e incorrectamente llamada “Casa de la Emancipación”.

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DON PEDRO DE MADALENGOITIA

Nació en 1781, ingresó al Seminario en 1793 y después de recibir las órdenes sacerdotales fue designado párroco de las haciendas Carabamba y Julcán. Inició su carrera sacerdotal como Medio Racionero en la Catedral en 1825 y ascendió a las dignidades de canónigo, Maestrescuela, chantre y gobernador eclesiástico. También ejerció como abogado y como representante ante el Congreso Constituyente en 1827, así como fue senador en el Congresos de 1845, 47, 49 y 51. Llegó a desempeñar el rectorado de la universidad durante tres periodos consecutivos entre los años 1836 y 1844.

Colaboró con su hermano, rector del Seminario, desde los cargos de vicerrector y regente. Durante las vacaciones ambos hermanos se retiraban a su residencia de Huanchaco en procura de descanso y recuperación.

Clérigo muy acaudalado, fue propietario de las haciendas de Carabamba y Julcán, que habían pertenecido a la orden de los padres agustinos. También explotó las riquísimas minas de oro y plata llamadas “La Azula” o “Carabamba”, ubicadas a la entrada del distrito de Salpo, cuyas piedras preciosas podían recogerse con pico y pala y que se conocían popularmente como “guano de cuy”.

La explotación de esos ricos filones produjo un extraordinario auge de pueblo, que alcanzó notable reconocimiento durante el siglo XIX y primera mitad del XX; ahora, lamentablemente, experimenta una seria crisis, aunque recientemente ha empezado a revalorar su extraordinaria importancia turística, cada vez con mayor desarrollo, cuyos signos más visibles son las ruinas de Shamana, el Cerro del Amor y el Balcón del cielo, en alusión al cerro patronal “Ragach”.

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LA CASA URQUIAGA

Al ocupar en 1845 el Obispado, don Higinio de Madalengoitia, debido al estado ruinoso en que se encontraba el palacio episcopal, la histórica casona, impropia e incorrectamente llamada “Casa de la Emancipación, sirvió como sede de la diócesis y vivienda de los mencionados hermanos Madalengoitia, quienes la habitaron no como propietarios, sino como inquilinos. La mencionada casona fue reconstruida al estilo neoclásico republicano con escalinatas, bases de las columnas y lajas del piso labradas con piedras de mármol traídas desde las canteras de Carabamba.

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PILA DE MÁRMOL DE LA PLAZUELA EL RECREO

Más o menos a mediados del siglo XIX, el canónigo don Pedro de Madalengoitia donó la colosal pila de mármol que primero se colocó en la Plaza de Armas de Trujillo y que ahora se encuentra en la plazuela El Recreo. Es una bella estatua construida con grandes bloques de mármol acarreadas desde las ricas canteras de Carabamba. Está rodeada de cuatro esculturas que representan las estaciones del año. Hoy resulta difícil y admirable comprender cómo se pudieron traer tan pesados bloques desde la sierra mediante el sistema de arrieraje.

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LAS VÍRGENES DE LAS MERCEDES Y DE LA NATIVIDAD

En prueba de gratitud por los beneficios obtenidos, los mencionados hermanos hicieron traer de España las sagradas efigies de la Virgen de la Natividad, para Carabamba, y de las Mercedes, para Salpo, que celebran sus fiestas patronales precisamente en el mes de setiembre.

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Manuel Alvarez Haro

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