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Testimonio sobre el comunismo cubano

Con la escasez y la hambruna concuerdan el robo y la prostitución. Porque los tugurios y los ambientes sórdidos de ciertas zonas son un alto riesgo para los transeúntes.
Con la escasez y la hambruna concuerdan el robo y la prostitución. Porque los tugurios y los ambientes sórdidos de ciertas zonas son un alto riesgo para los transeúntes.

Saniel E. Lozano Alvarado

Actualizado el 29/05/2026, 11:10 a.m.

No milito en ningún partido político; soy, eso sí, un académico y escritor, en cuyo ejercicio he tenido oportunidad de conocer y vivir como experiencia directa el régimen comunista en Cuba, especialmente en La Habana y Santa Clara, así como el capitalismo democrático en Corea del Sur, particularmente en Seúl, la capital, aparte de otras importantes ciudades y provincias.

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Mis impresiones sobre ambos regímenes no me generan ninguna duda sobre el enorme riesgo del sistema comunista, que mientras no se le conozca puede generar entusiasmo y adhesión, aunque después ya no se puede salir de su órbita le pese a quien le pese; opuestamente, el capitalismo, claro que no es el paraíso, pero, pese a todo, es el régimen más adecuado para la existencia de la condición humana sin sometimientos.

Lo que sigue es, precisamente, el resultado de algunas impresiones y testimonios de las experiencias vividas personalmente en la isla de los Castro, sin que nadie nos haya contado. Estando próximas las elecciones presidenciales en nuestro país, ojalá las lamentaciones no vengan después, cuando ya no se pueda retroceder.

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Ansias de libertad

El titulo puede parecer exagerado, pues solo se refiere a unas cuantas impresiones de La Habana, pero si es cierto que para muestra basta un botón, aquí va un conjunto de impresiones y testimonios sobre lo visto, oído, presenciado y vivido en la isla del Caribe.

Se trata de experiencias parciales, sin duda, pero tienen la ventaja de la inmediatez. Claro que las cosas tienen el color del cristal ideológico o doctrinario de cada uno, pero creo que todo observador atento, objetivo e imparcial, despolitizado o libre de consignas, llegará a las mismas conclusiones de quien esto escribe. En todo caso, estas son mis propias experiencias y testimonios.

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Colas a granel

Recorremos cuadra tras cuadra por aquí y por allá. Nada. Ni un restaurante, ni una cafetería, ni una bodega donde poder desayunar o tomarse un refresco para mitigar el intenso calor caribeño. Recién en el centro de la ciudad observamos colas a granel para todos los productos y para un solo producto: el pan, un cigarrillo, una hamburguesa, un helado (…), además el racionamiento para ciertos productos básicos, como el arroz y la carne, muchos hogares ya no los pueden probar.

Cierto día recorrimos con Bety un lugar donde poder tomarnos un café; no lo encontramos sino después de recorrer varias cuadras; cuando al fin lo encontramos, pedimos sánguches o algo para acompañar la sabrosa bebida; el mozo nos indicó que solo vendían café y que no estaban autorizados para vender otros productos. Otro mediodía, ante el intenso, calor pretendimos consumir un helado; cuando llegamos a la tienda distribuidora nos quedamos con las ganas, porque la ración del establecimiento se había agotado.

Una amiga cubana me confiesa que hasta el champú se tiene que racionar y ahorrar para poder utilizarlo como detergente, pues una vez consumida la ración ya no hay remplazo hasta el siguiente reparto.

Con la escasez y la hambruna concuerdan el robo y la prostitución. Porque los tugurios y los ambientes sórdidos de ciertas zonas son un alto riesgo para los transeúntes. También el extenso y hermoso malecón es el escenario propicio para la compra-venta de caricias prostituidas. Sin embargo, el gobierno proclama que no hay prostitución.

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Los medios de comunicación

Por otro lado, no hay kioscos de periódicos y revistas por ningún lado, ni transeúntes con algún ejemplar. Además, la gente del pueblo no los podría comprar. Sólo el “Gramma”, vocero oficial del Comité Central del Partido Comunista, llega a unas cuantas manos con una orientación monótona y monocorde: siempre logros, metas y récords de la revolución. Imposible pensar en una prensa opositora ni de pluralidad de opiniones. Todos a una: elogios o censuras, según el asunto correspondiente.

Lo que ocurre con la prensa es aplicable también a la radio y la televisión, en los que tampoco hay opciones o variedad de programación, la cual es manejada por el respectivo ministerio.

Pese a esta terrible escasez y hambruna, a manera de compensación y como alternativa, pero siempre con una orientación verticalista del gobierno, se ponderan y exaltan los avances de la revolución: “Esto nadie lo detiene”, “Esto es inalcanzable”, “Estamos avanzando, pero falta más”. “Patria o muerte” …

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Los “tapabocas”

Un joven cubano nos busca amistad y se nos ofrece como guía. Se nos muestra generoso y simpático. Nos indica y acompaña por diferentes lugares y zonas de particular interés. Como él hay muchos. Cuando le comunicamos nuestras impresiones y queremos conocer las suyas sobre la situación humana, social o política, mira a un lado y a otro, y se asegura de que nadie nos vaya a escuchar. Sólo entonces nos comunica sus frustraciones, sus ansias, sus amarguras ante un futuro cancelado. Por él confirmamos algunas sospechas previamente inexplicables: la existencia entre la gente, mezclados entre los transeúntes, tal vez como un empleado u obrero más de las fábricas, hoteles o tiendas, los “tapabocas”, prestos a informar a la policía sobre tal acto o conducta impropia para la revolución. En las propias cuadras, manzanas o conjuntos habitacionales, sin que sea fácil identificarlos, existen los “ojos y oídos” secretos encargados de que no se filtren cuerpos humanos extraños y contrarios al régimen, para quien todo es éxito y logros para el pueblo.

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