Mucho se habla sobre el papel de la Iglesia Católica en la liberación del yugo español, pero poco se sabe de la intervención de religiosos en este proceso. (El Comercio)
Mucho se habla sobre el papel de la Iglesia Católica en la liberación del yugo español, pero poco se sabe de la intervención de religiosos en este proceso. (El Comercio)

La democracia no consiste sólo en votar cada vez que toca elecciones, sino también en ejercer el control sobre las autoridades elegidas, nos dice monseñor Javier Del Río, arzobispo de Arequipa,  en este diálogo sobre la iglesia y la independencia nacional.


¿Cuál fue la participación de la Iglesia en la independencia del Perú? Para comprender el acontecimiento de la independencia del Perú debemos aproximarnos a él desde el contexto espacio – temporal de fines del siglo XVIII e inicios del XIX, en el cual en Occidente se venía dando un proceso de cambio de Antiguo Régimen a Nuevo Régimen, en el que unos preferían mantener el orden conocido y otros preferían apostar por uno nuevo que consideraban sería mejor. Al interior de la Iglesia, que no está compuesta sólo por obispos, sacerdotes y órdenes religiosas, sino también por laicos, hubo quienes preferían lo primero y otros lo segundo. Como afirma el sacerdote historiador Dr. Ernesto Rojas, preguntarse si la Iglesia fue realista o patriota carece de sentido ya que, como bien dice el Dr. José Agustín de la Puente, ambos bandos estaban igualmente compuestos por católicos que, salvo tal vez alguna excepción, afirmaban su adhesión a la Iglesia. Hecha esta salvedad, podemos precisar que el clero estuvo mayoritariamente a favor de la independencia. En cuanto a los seis obispos que por entonces tenía el Perú, el de Cuzco estuvo desde los inicios abiertamente a favor de la independencia, mientras los de Lima y Arequipa poco a poco la fueron aceptando y los de Ayacucho, Trujillo y Maynas se opusieron totalmente a ella.

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¿Podría nombrarnos a algunos de los religiosos que intervinieron directamente en este proceso? Son muchos y nombrar sólo algunos podría no hacer justicia a otros que también destacaron, pero lo haremos a manera de ejemplo. Entre ellos, el que fuera jesuita Juan Pablo Vizcardo y Guzmán, de Pampacolca, que con su “Carta a los españoles americanos” influyó grandemente en Miranda y Bolívar. Tenemos también a varios de los miembros de nuestra Academia Lauretana, como Fr. Bernabé Lacumberri, el P. Fernando Arce y Fierro o el célebre Deán Juan Gualberto Valdivia; y para seguir con arequipeños los PP. Mariano José de Arce y Francisco Javier de Luna Pizarro, que llegaron a ser congresistas de la República. En la revolución del Cusco, en 1814, destacó su entonces obispo José Pérez de Armendáriz, secundado por buena parte de su clero. Uno de ellos, Ildefonso de las Muñecas, cura del Sagrario, estuvo entre los comandantes de la expedición al Alto Perú, y José Gabriel Béjar comandó la expedición a Huamanga. Muy conocido también es Toribio Rodríguez de Mendoza, que desde su puesto de Rector del Real Convictorio de San Carlos, de Lima, influyó en el ideario independentista y formó a una generación que desempeñó un papel importante en ese proceso y en los primeros años de nuestra vida republicana. Cabe mencionar también la labor de capellanes militares como el dominico Fr. Jerónimo Cavero, quien incluso estuvo presente en la Jura de la Independencia y firmó el acta de la misma.

¿Es posible hablar de una religiosidad de los libertadores? Los libertadores fueron católicos bautizados y formados en colegios llevados por órdenes religiosas. Estuvieron casados por la Iglesia, asistían a la Misa dominical, fueron respetuosos con la jerarquía eclesiástica, favorecieron manifestaciones públicas de fe como el Te Deum, etc. La Orden del Sol instituida por José de San Martín tuvo como patrona a santa Rosa de Lima, y en el año 1823 el Congreso de la República declaró a la Virgen de la Merced como patrona de las Fuerzas Armadas. De Simón Bolívar se dice que alguna vez se refirió a María llamándola la Virgen de la Libertad. Al mismo tiempo, sin embargo, no faltaron tensiones y crisis, especialmente por la defensa de los fueros eclesiásticos, como aquella que terminó con la expulsión del Perú del entonces arzobispo de Lima Bartolomé de las Heras Navarro, el mismo año 1821, o aquella otra entre Bolívar y el arzobispo Goyeneche.

Mucho se habla del papel político de la Iglesia en la vida republicana y hay quienes critican esta relación. En su opinión ¿debería mantenerse esta relación entre política, Estado e Iglesia y por qué? La relación Iglesia – Estado en el Perú y el mundo ha ido variando a lo largo del tiempo, en buena parte debido a la profundización de la Iglesia en su misma autocomprensión de la misión que Jesucristo, su fundador, le ha encomendado. Nadie puede negar que, como declara el artículo 50 de la actual Constitución Política del Perú, la Iglesia Católica ha desempeñado un papel fundamental en la formación histórica, cultural y moral del Perú. Por sólo poner algunos ejemplos, la Iglesia ha sido la primera en fundar escuelas y universidades en nuestro país, así como numerosas obras sociales incluidos hospitales, al mismo tiempo que ha inculcado los grandes valores morales en la ciudadanía. No podemos olvidar que, aun hoy en día, incluso donde no llega el Estado está la Iglesia. En ese sentido la cooperación Iglesia – Estado ha sido altamente beneficiosa para la nación y debe fortalecerse, dentro de la autonomía que a cada uno de ellos le corresponde. Por otro lado, como recientemente ha recordado el Papa Francisco, “es verdad que los ministros religiosos no deben hacer política partidaria, propia de los laicos, pero ni siquiera ellos pueden renunciar a la dimensión política de la existencia que implica una constante atención al bien común y la preocupación por el desarrollo humano integral” (Fratelli tutti, 276). En ese sentido, como enseña el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, está dentro de nuestra misión pronunciarnos sobre las eventuales implicaciones religiosas y morales de los programas políticos (n. 424).

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En los últimos años se han sentido voces que hablan de una oposición de la Iglesia a asuntos que son considerados solo de gobierno, pero que tienen que ver con el sentido moral de las sociedades. Esto, sumado a una aparente disminución de la religiosidad ¿no merecen una mirada diferente de la Iglesia? Ciertamente hay quienes desearían que la Iglesia sólo se dedique a hacer obras de bien social, como una ONG, y no a anunciar el Evangelio ni a levantar la voz ante las injusticias. Son quienes pretenden limitar a Dios a la esfera de lo privado. Comprendo que ese es su punto de vista, pero que están equivocados. La misión de la Iglesia no se la ha inventado ella sino que le ha sido dada por Dios, y una dimensión fundamental de la misma es transmitir la verdad que nos ha sido revelada en Cristo y que incluye la transmisión de la fe y la moral que de ella se deriva. No seríamos fieles a Dios ni a los hombres si abdicáramos de esa responsabilidad. Hecho eso, forma parte de la libertad de cada uno adherirse al mensaje cristiano o no. El éxito o fracaso de la misión de la Iglesia no se mide por estadísticas ni por criterios mundanos. Pretender medirlo de esa manera significaría que Jesucristo fue un fracasado, ya que fue rechazado por todos hasta crucificarlo. Sin perjuicio de eso, es cierto también que la Iglesia necesita renovarse constantemente, pero no en el contenido de la doctrina que viene de Dios sino, como dijo san Juan Pablo II, en su método, en su ardor y en sus formas de expresión. Es una tarea constante.

Estamos en los 200 años de nuestra vida republicana, ¿qué le diría a los creyentes y no creyentes sobre nuestro futuro? En primer lugar, les diría que no se dejen robar la esperanza. Es cierto que estamos atravesando una crisis pluridimensional (sanitaria, económica, educativa, política y social), que ha puesto ante la vista de todos las enormes brechas que hay entre los diferentes sectores de nuestro Perú, que son el fruto podrido de terribles injusticias antiguas y nuevas; pero también es cierto que podemos salir de ella mejores de lo que éramos antes. Para eso, es preciso superar la polarización que ha marcado al país los últimos años y que ha sobrepasado los límites en la segunda vuelta de estas elecciones generales. Esto será posible en la medida en que, por un lado, nos reconozcamos todos miembros de una misma nación y nos ejercitemos en la amistad social; y, en el caso de los cristianos, que conforman la gran mayoría de la nación, reconozcamos que todos los peruanos somos hijos de un mismo Padre y, por tanto, hermanos unos de otros. Por otro lado, quisiera recordarles a todos que la democracia no consiste sólo en votar cada vez que toca elecciones, sino también en ejercer el control sobre las autoridades elegidas. Finalmente, pido a Dios que nos demos cuenta de la importancia de cooperar unidos en el bien común de la nación, cumpliendo cada uno sus propios deberes, y que nuestros gobernantes ejerzan la caridad política, es decir que dejando de lado sus propios intereses económicos o ideológicos se dediquen a responder a las verdaderas necesidades del país.