Alberto Chimal (Toluca, 1970) es uno de los escritores mexicanos contemporáneos más reconocidos de su país. Aunque su mayor producción es cuentística, fue finalista del concurso internacional de novela Rómulo Gallegos en 2013 con La torre y el jardín y ha escrito libros de ensayos. Acaba de publicar Las máquinas enfermas (Páginas de Espuma, 2025), un libro distópico y angustiante donde la inteligencia artificial destruye vidas, manipula comunidades y se impone como un dios digital que aterra. Llegó a Huancayo por primera vez para presentarlo en la Feria del Libro Zona Huancayo (Felizh) y conversamos con él.
¿Utilizas la inteligencia artificial (IA) para escribir? ¿Cuál es tu relación con la IA?
Por razones que no vienen al caso, hace muchos años me tocó enterarme de lo que entonces se llamaba inteligencia artificial; te hablo de los años 90. El término no es nuevo, y esta tecnología tampoco es una invención absolutamente nueva, aunque así la han estado tratando de promover. Originalmente, el término «inteligencia artificial», que proviene de los años 60, designa un estudio teórico multidisciplinario sobre si es posible reproducir el pensamiento humano mediante procesos artificiales y, por otro lado, sobre qué es la consciencia. Es una rama de estudio que toca la informática, pero también la neurociencia y la filosofía. Todo lo que he podido ver me hace pensar que se trata más de pura publicidad, de mercadotecnia, de la apropiación de un término que suena importante, vanguardista, innovador, atemorizante, para nombrar a una tecnología que, si bien es interesante, no es inteligencia. Nos están vendiendo una serie de tecnologías de procesamiento de datos como si se tratara de una especie de deidad en la cima de una pirámide. Por todas esas razones, no confío en el uso de los modelos generativos de lenguaje y no los utilizo.
En alguno de los cuentos de Las máquinas enfermas, tu último libro, la IA lleva al límite a la humanidad, un mundo utópico atemorizante. ¿Crees que esto ocurra o es tu forma de cuestionar lo que está pasando?
Yo más bien veo estos cuentos no como utópicos, sino como distópicos. Para mí son advertencias sobre posibilidades del desarrollo de esta tecnología que no quisiera que sucedieran. En algunos de los cuentos, la tecnología se parece mucho a la que tenemos en la actualidad; en otros, no tanto. Pero creo que en todos está presente la disyuntiva que enfrentamos: doblegarnos ante la imposición de la tecnología y su abuso por parte de un puñado de multimillonarios sin escrúpulos que, por desgracia, tienen el control de la mayor parte de esta tecnología —gente como Sam Altman o Elon Musk— o hacer alguna otra cosa. No es que esté en contra de esta tecnología, pero tal como se está utilizando —además de otorgar un poder enorme a un grupo de personas que no lo merece—, el uso de los modelos generativos más conocidos, llamados modelos de frontera o de propósito general, tiene consecuencias perjudiciales reales para el ambiente, para el consumo de energía, para los derechos intelectuales y para la capacidad cognitiva. Esos son perjuicios reales que representa esta tecnología usada del modo alevoso en que se está utilizando ahora.
Hay premios literarios que se han entregado a libros escritos, en parte, con inteligencia artificial. ¿Qué opinas sobre eso?
Hasta el momento, ninguno de esos premios ha estado exento de polémica, y ninguno me parece justificado. Lo que he visto en la gente que genera parcial o totalmente un texto y luego lo presenta a un concurso y gana un premio es que se está aprovechando de la inocencia, la ignorancia o la complicidad de un jurado para obtener un premio que no merece. No me parece, en ninguno de los casos que he visto, que el texto sea sustancialmente mejor de lo que hubiera sido si se hubiera escrito estrictamente con trabajo humano. Habrá salido más rápido, pero eso no es lo mismo. En el caso de algunos concursos mencionados recientemente, como el de la revista Granta, el cuento es malo, y se nota que está mal hecho, porque se ve que no solo fue escrito con un modelo de lenguaje, sino que también la traducción fue automatizada y quedó mal hecha. El cuento se postuló en inglés, pero no se escribió originalmente en ese idioma: el modelo no tenía suficiente información sobre la lengua de la que estaba traduciendo. Esto está ocurriendo ahora mismo con muchas traducciones de lenguas no hegemónicas —que no son el inglés, el francés o el chino—. Las lenguas con menos hablantes o poder geopolítico están siendo muy mal traducidas, porque los modelos de lenguaje arrastran, en sus bases de datos, prejuicios implícitos y desigualdades.
Federico Andahazi se quejaba hace poco de que, como jurado de premios literarios, recibía muchos textos escritos por IA. ¿Cómo ves este panorama literario de concursos?
Vamos a tener que replantearnos qué es un buen texto. Un texto generado por un software de aprendizaje automático muestra, de manera superficial, que respeta las reglas ortográficas y no comete errores de sintaxis; puede generar un texto competente. Pero a mí me interesaría más conocer los textos que no fueron generados por IA, porque, sin duda, habrá algunos muy malos y muchos imperfectos, pero ahí estarán los más interesantes: los de personas que, sobre todo en esta época, estarán rechazando el uso de los modelos y decidiendo escribir por su cuenta, aunque no les salga tan bien o tan correcto. Esto ya es un mal antiguo de los concursos literarios. En ocasiones, el jurado no logra ponerse de acuerdo sobre cuál texto les gusta más —cada quien tiene su favorito, el más interesante— y tiene, además, uno o dos candidatos que no son tan buenos: textos que no entusiasman, pero tampoco desagradan. Entonces, si un jurado de tres o cinco no logra acordar un solo texto favorito, pero a todos les gusta el texto mediocre que llevaban como segunda opción, esa segunda opción gana. Eso es lo que estamos viendo aquí. Si nos ponemos a juzgar desde la base de una cierta corrección o eficiencia impersonal, obviamente, en muchos concursos va a ganar un modelo de lenguaje de gran tamaño, pero eso no es literatura: es un texto hecho con eficiencia maquinal. Los textos que mejor revelan nuestras cualidades humanas, nuestras experiencias de un momento, son los que no van a salir perfectos a la primera y que, quizá, incluso buscan deliberadamente su propia imperfección.
Quería preguntarte por tu literatura, tu relación con lo fantástico y lo que algunos críticos han llamado especulativo.
A mí me gusta llamarlo literatura de imaginación. Lo primero que me interesa es oponerme a que se lo trate como un género, es decir, como un conjunto homogéneo. Yo diría que es un tipo de discurso: la imaginación o la invención fantástica, la enunciación de sucesos, la invención de entornos y de personajes que sabemos que no pueden existir, que van a contrapelo de una definición comúnmente aceptada de lo real, de lo posible. Eso es lo que me interesa, y lo puedes encontrar en cualquier cantidad de libros: como centro de una propuesta, como regla esencial para cubrir determinado tipo de mundo narrado —lo que serían los géneros, es decir, contenedores ya creados con cierto tipo de obras semejantes entre sí—, pero también como elemento secundario en obras que jamás serían clasificadas como fantásticas. Desde La guerra del fin del mundo, de Vargas Llosa, que termina con alguien que asciende al cielo, hasta Cien años de soledad, que es la invención desbordada y loca. Me interesa mucho la imaginación como una especie de exploración de los límites de lo que denominamos lo real.
Te has referido al cuento como el género que nace de la oralidad. Tu producción es sobre todo cuentística. ¿Qué es lo que más te gusta de este género?
Además de la raíz que tiene el cuento en la oralidad, creo que, en la actualidad —a partir de que a las culturas humanas se nos empieza a agotar la capacidad de atención, un fenómeno que se ha intensificado en las últimas décadas, pero que viene dándose desde el siglo XX con la llegada de los medios audiovisuales—, el cuento tiene una relación muy diferente con la cultura que lo rodea que la que puede tener una novela. No necesariamente el cuento literario, aunque también ha tenido un resurgimiento en décadas recientes, pero sí la postura y disposición de quienes leen cuentos se puede encontrar más en los medios masivos, simplemente porque estos también favorecen lo breve y lo rápido. Las personas que consumen videos de cuentas humorísticas en TikTok o Instagram podrían ser estupendos lectores de cuentos, pero no se han enterado. Muchas cuentas de creadores de contenido que hacen números cómicos en línea siguen las mismas estructuras, las mismas funciones del cuento, pero en otro medio, y su pariente literario más cercano es justamente el cuento. Sobre todo, la gente joven no sabe que dentro de la literatura puede encontrar un tipo de experiencia que se asemeja a algo que ya les gusta.
¿Qué autores has consumido en tu formación de lector y cuáles son tus referentes en el cuento?
Me han consumido a mí (risas). Creo que el autor que más he leído, y cuya obra completa he cursado, como él mismo habría dicho, es Borges. Kafka también, pero fue un descubrimiento posterior: a Borges lo leí antes de verlo en la escuela; a Kafka, no. A Borges lo descubrí en una revista de ciencias —¿por qué pusieron a Borges en una revista de ciencia? No sé, pero lo agradezco—. También Arriola, Amparo Dávila, una escritora argentina menos conocida como Angélica Gorodischer, Mario Levrero, Philip K. Dick —que como cuentista es una maravilla— y algunos más que fueron mis lecturas de formación en la infancia y la adolescencia, como el autor polaco Stanisław Lem. Todos ellos coinciden en este discurso fantástico. Con ellos llegan otros, por ejemplo, Juan Carlos Onetti, Raymond Carver, Lucía Berlin. Para mí, muchos de los descubrimientos literarios importantes están en el cuento. Llevo veinte años y meses haciendo una antología digital en un sitio web llamado Las Historias (lashistorias.com.mx), donde cada mes o cada quince días selecciono algún texto de autores o autoras contemporáneos o de otras épocas. Tengo esa rutina de estar buscando cuentos.
¿Y autores contemporáneos o de tu generación?
Mira, autores cruciales para el desarrollo del cuento, al menos en el mundo occidental, aparte de los que a mí me gustan —en la órbita de Alice Munro—, está Mavis Gallant, que es espectacular, y Grace Paley. En fechas recientes se advierte otra mirada hacia autores del siglo XX que desarrollaron su obra en paralelo al trabajo más conocido de otros escritores; varias de esas voces encierran, me parece, muchas influencias que ahora se van manifestando. Por ejemplo, en un registro muy diferente, Anaïs Nin, que escribía cuentos pornográficos, pero hacía con ellos algo muy peculiar, al margen incluso del tema. Bajo la órbita de Kafka están Mircea Cărtărescu, Milorad Pavić —que es maravilloso— y Danilo Kiš, y apenas nos estamos enterando de autores de otras latitudes, como Ngũgĩ wa Thiong’o. Ahora que en décadas recientes se puso de moda el multiculturalismo, uno se entera de que la gran historia de la literatura occidental estaba terriblemente incompleta.





