construido en la segunda mitad del siglo XIX y elevado en su momento a la categoría de Puerto Mayor, fue una de las infraestructuras portuarias más importantes del sur del Perú republicano. Desde allí se articuló el desarrollo económico, el comercio, el empleo y la vida urbana de la ciudad. Sin embargo, hoy su estructura prácticamente ha desaparecido, no como consecuencia inevitable del paso del tiempo, sino —como señala el ciudadano Sandro Medrano Legua—

En el olvido

Según Medrano, el deterioro del muelle fue advertido durante años sin que se ejecutaran acciones preventivas reales. Tras dejar de operar como infraestructura portuaria activa, quedó expuesto al oleaje y al desgaste natural sin mantenimiento estructural, estudios técnicos ni un plan de conservación patrimonial. “El Estado lo reconoció en documentos, pero lo ignoró en la práctica”, sostiene, subrayando que el colapso progresivo era previsible y evitable.

Los daños severos ocasionados por los oleajes anómalos entre 2024 y 2025 no constituyeron una catástrofe inesperada, sino el desenlace de una larga cadena de negligencias. Para el entrevistado, el mar solo aceleró un proceso que la indiferencia institucional ya había puesto en marcha. A ello se suma la reiteración de anuncios oficiales sobre supuestas reconstrucciones o puestas en valor que nunca pasaron del discurso y jamás se tradujeron en obras concretas.

Medrano Legua es enfático al señalar responsabilidades compartidas. El Gobierno Central permitió que un bien patrimonial quedara fuera de una intervención sostenida; el Gobierno Regional no priorizó su recuperación; y la Municipalidad Provincial de Pisco, como instancia más cercana, se limitó durante años a emitir promesas sin respaldo técnico ni presupuestal. El contraste con experiencias como Huanchaco o Pimentel, donde sí se ejecutaron proyectos de recuperación mediante inversión pública y mecanismos de financiamiento, evidencia que en Pisco no faltaron alternativas, sino voluntad política.

La desaparición del Muelle Fiscal de Pisco representa, más que una pérdida material, una derrota moral y política para la ciudad. “No cayó por accidente, fue dejado caer”, afirma Medrano, quien advierte que cuando una sociedad permite que su historia se diluya entre promesas incumplidas y silencios prolongados, lo que se pierde no es solo una estructura, sino la noción misma de responsabilidad pública. Hoy, donde hubo un muelle que conectó a Pisco con el mundo, solo queda un vacío que interpela a autoridades y ciudadanía por igual.

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