parece condenada al cortoplacismo, una voz distinta empieza a resonar en foros académicos, espacios empresariales y conversaciones políticas. Jaime Edward Sánchez Parra, economista de profesión, no se presenta como candidato, pero su discurso suena —cada vez más—

Con maestrías en Gestión Pública y Proyectos de Inversión, un doctorado culminado en Políticas Públicas y otro en curso sobre Administración Pública, Sánchez Parra no se presenta oficialmente como candidato, aunque deja claro que sí quiere serlo. Su discurso, sin embargo, no suena a ensayo político, sino a diagnóstico de país: “El Perú tiene de todo, menos rumbo”.

Una visión de país: del recurso al poder

“El Perú necesita visión y planificación. Somos una potencia cultural, turística y natural desaprovechada. Nuestra ruta debe ser clara: ‘Perú: recursos, cultura, turismo y poder geopolítico para el mundo’”, afirma con convicción.

Para Sánchez Parra, el turismo no es un accesorio económico, sino un motor de integración territorial. “Une regiones, genera empleo y proyecta nuestra identidad. Si Estado y empresa caminan juntos, pensando en el ciudadano, el crecimiento se convierte en desarrollo real.”

La idea central de su visión es simple y contundente: el Perú no debe seguir administrando pobreza, sino su poder.

¿Qué papel le da al sector empresarial en esa visión?

“Un papel complementario e indispensable. El Estado y la empresa son dos caras de una misma moneda: el bienestar nacional. El Estado debe garantizar estabilidad, transparencia y justicia; la empresa, ética, innovación y empleo digno. Ambos deben actuar pensando en el ciudadano, no en el corto plazo. Cuando el empresariado y el Estado avanzan juntos con visión de país, el crecimiento deja de ser estadístico y se convierte en desarrollo humano.”

Su tono se endurece al hablar del principal obstáculo del país: la corrupción. “Vivimos en una cleptocracia”, dice sin titubeos. “Las instituciones han sido tomadas por intereses que buscan perpetuarse. Antes de hablar de un nuevo pacto social, hay que romper ese tinglado y devolver el Estado a la gente.”

No es solo un diagnóstico moral. Para Sánchez Parra, la corrupción es un modelo de control que mantiene al Perú atrapado en la mediocridad institucional.

Justicia sin etiquetas

Cuando se le pregunta si se considera de izquierda, responde con ironía: “La dignidad no es ideología. Nos hicieron creer que luchar contra la injusticia es ser ‘terruco’. Como si pedir un salario digno o proteger la infancia fuera un delito.”

Y añade: “Si a eso le llaman izquierda, me tiene sin cuidado. Prefiero eso antes que ser un transeconómico: el que nació pobre, actúa como rico y defiende al que lo explota.”

Su discurso busca quebrar los clichés que dividen el debate político peruano. No habla desde una trinchera ideológica, sino desde un principio ético: justicia antes que indiferencia.

Democracia y libertad

Sánchez Parra no elude comparaciones incómodas. “Maduro, Ortega, Trump o Netanyahu: distintos discursos, mismo autoritarismo. Todo poder que coarta libertades deja de ser democrático.”

Para él, la democracia no se mide en elecciones, sino en libertades reales. “Los pueblos son los únicos soberanos de su destino, sin injerencia política ni económica.”

Su visión apunta a una democracia participativa, donde el ciudadano no sea espectador, sino protagonista.

¿Candidato en camino?

La pregunta inevitable llega al final. ¿Senador o diputado? Su respuesta arranca una carcajada: “(Ríe) Yo quiero ser presidente.”

Hace una pausa, mira al interlocutor y lanza otra pregunta: “Y mirando al pueblo, solo puedo decir: ¿Y tú?”

No confirma ni niega una candidatura, pero el mensaje es claro: hay una aspiración de liderazgo, una propuesta estructurada y una lectura del país que empieza a resonar más allá de los círculos académicos.

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