El pasado jueves 1 de febrero nos dejó el poeta Juan Francisco Paredes Carbonell. Salpo, la tierra natal, es un pueblo pequeño y grande, según se le vea de adentro o de afuera. Fue antaño un emporio minero. Ahora el suelo está carcomido, agujereado y sollamado por boquerones y socavones llenos de inmenso vacío, que igual han dejado al pueblo en ruinas.
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LOS ORÍGENES Y EL CONTEXTO
Y a Salpo, en los años esplendorosos de la minería por la década del 30, llegó un día un santiaguino en busca de su destino, vio los ojos brujos de una salpina y alumbrado por los latidos del corazón ascendieron al altar de su amor y nació Juan Francisco Paredes Carbonell, cuyo destino enriquecería la historia de un pueblo mágico, singular, incomparable.
Y Salpo tiene un enorme peso en la historia y la cultura peruana: es la cuna natal de Teófilo Vergel Carranza, fundador del diario La Industria y de Alberto Novoa Fernández, el creador del Corso de Primavera de Trujillo; Salpo ha dado a la patria dos congresistas, dos presidentes de la Corte Superior de Justicia de La Libertad y un ministro de Estado. Salpo es la tierra natal del fundador de la primera Casa de la Cultura del Perú, lo que hoy es el Ministerio de Cultura, como lo es también del famoso escultor de la piedra Isidro Gutiérrez y varios otros notable hijos de la patria.
“EL CANTOR DE AMÉRICA”
Como si esto fuera poco, niño aún, el poeta José Santos Chocano, llevado por su madre otuzcana a la fiesta patronal de la Virgen de las Mercedes, compuso el único poema religioso que se le conoce: “Homenaje del poeta”, de su poemario “Oro de indias”, en el que le pidió a nuestra sagrada protectora que ya no fuera patrona de las armas peruanas, sino de la paz y el amor.
Ese ambiente fecundo, pródigo, mágico, motivador y desafiante, encandiló al poeta español José Jaime de Aicúa y Gongora quien compuso un largo poema al que pertenecen estos versos: “te admiro y te canto porque yo sé que eres / Balcón de lo inmenso, Mirador de Dios”. Su actividad artística y teatral fue alentada por el propio José Eulogio Garrido.
En esa tierra singular e incomparable brotó a la vida Juan Francisco Paredes Carbonell, cuyos primeros pasos recorrieron los guijarros y callejas del pueblo y cuyas primeras visiones se llenaron del horizonte del mar de Trujillo, de la espiritual oración de la tarde, de la contemplación absorta del albo espinazo dorsal de la Cordillera Blanca.
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LA MIGRACIÓN
Pero como la vida era dura, en procura de ganarse el sustento la familia emigró a Trujillo cuando la ciudad era muy pequeña. Entonces, cuando casi en todos los hogares se leía, el pequeño contribuía al sostenimiento del hogar con el pregón cotidiano que anunciaba “La Industria”, “La Nación”, “El Liberal”, que años más tarde lo acogerían como periodista cultural.
Después vino la secundaria en el Instituto Moderno de la calle San Martín. Allí recibió los primeros halagos en el labrado artístico de sus versos puro sentimiento, amor y lirismo, que al poco tiempo se plasmarían en su primer poemario: “Biografía del amor sin nombre”, huellas y rastros de la aldea andina.
FUNDACIÓN DE “TRILCE”
Pero en esos afanes “Pancho” Paredes no estaba solo: le hacía compañía otro ilustre hijo del mismo pueblo: Claudio Edmundo Espejo Lizárraga (Claudio Saya), uno de los más fecundos poetas peruanos, con quien fundaron el Grupo “Trilce”, el cual, entonces, en buena cuenta, es creación de dos hijos de mi pueblo. Que alguien nos desmienta, si puede, claro.
Fue el punto de partida de una fecunda, desbordante, artística y luminosa trayectoria literaria plasmada en una brillante producción poética que le merecieron justos reconocimientos y que han enriquecido la poesía contemporánea del Perú.
Pero eso no es todo. Juan Francisco estaba convencido de que la poesía no es sólo escribir hermoso como la mayoría de la gente piensa, sino que hay algo mucho más hondo que otorga sentido a la vida y a la creación. Porque la poesía, sin renunciar a su belleza, es la manera singular y única de ver el mundo y la vida por vías diferentes a la ciencia o la técnica. Por eso, el ya reconocido poeta quería también encontrar las raíces, las entrañas, la razón de ser de la idea, del pensamiento, de la vida como agonía y lucha que se plasman en la creación literaria y desembocó en el ensayo y en la crítica, cuyo cultivo le mereció el Premio Latinoamericano por sus estudios sobre la poesía de César Vallejo.
Entonces, la trayectoria de la docencia por largos años de Juan, no debe entenderse solo como la expresión de una vocación pedagógica, sino por el afán de seguir descubriendo la verdad y la vida. Acaso merodeaban en sus inquietudes la reflexión del idealista alemán Manuel Kant: “Dormí y soñé que la vida era belleza / Desperté y advertí que la vida es deber.
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“LLENO DE MUNDO”
Así llegamos al final de este recorrido. Entonces, contemplando el cuerpo yerto del poeta y del hombre, mi paisano, nos sobrecogen los versos del poeta Rubén Darío, quien, impotente para consolarse ante el acabamiento de un entrañable amigo, escribió: “Dichoso el árbol sensitivo / y más aún la piedra dura / porque ella ya no siente”.
Asimismo, siempre alumbrándonos con la luz de Vallejo al recordar el acabamiento del combatiente Pedro Rojas en “España, aparta de mí este cáliz”, ahora contemplando la imagen de Juan podemos decir también: “Al morir, su cuerpo estaba lleno de mundo”. Por eso, fieles a nuestra convicción de que la muerte no es acabamiento, sino continuidad y renovación, creo que la poesía de Juan Paredes Carbonell, es decir su propia vida seguirá fresca y viva. Por lo demás, como paisano y salpino, en esta hora crucial en que el tiempo está como detenido, estoy seguro que el espíritu del poeta y ensayista estará revoloteando entre las callejas del pueblo natal, las hojas de los alcanfores, los surcos de las chacras, la plegaria de la oración de la tarde y la contemplación absorta de la puesta de sol desde Salpo, mi pueblo, nuestro pueblo, quiero decir mío y de Juan.

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