Hoy, 28 de marzo, se cumplen 90 años del natalicio de Mario Vargas Llosa, nuestro Premio Nobel de Literatura 2010, un escritor excepcional que nos dejó varias versiones suyas, tanto en la ficción como en la realidad, y un solo ideal: defender la libertad de su pensamiento. Pero al Vargas Llosa que la gran mayoría celebra este día es al autor de monumentales obras como “Conversación en La Catedral”, “La ciudad y los perros” y “La guerra del fin del mundo”. Distintas instituciones han programado conversatorios, exposiciones y más homenajes para el novelista arequipeño, a poco tiempo, además, del primer año de su fallecimiento, que se recuerda el 13 de abril. Como parte de estas actividades, el jueves 26 de marzo pude leer un fragmento del libro “Cartas a un joven novelista”, en el Parque Chino de Miraflores, invitado por la editorial Penguin Random House, en una lectura continua con otros escritores y periodistas, que tuvo a la familia de Vargas Llosa como invitada especial. El fragmento que me dieron fue uno de los más apasionados, que habla sobre la vocación del escritor, esa urgencia que toda persona que se dedica al arte de las palabras no puede eludir y que, a pesar del gran todo, cumple a cabalidad para tener la única y gran recompensa: escribir historias y no sentir que sus vidas están siendo desperdiciadas. Este libro de Vargas Llosa está estructurado a la manera de Rainer Marié Rilke y sus famosas misivas al joven poeta Franz Xaver Kappus, desentraña los mecanismos de producción textual de sus novelas, con una gran capacidad de síntesis y muchísimos consejos útiles para los escritores que inician. Como anécdota, les cuento que un ejemplar de ese libro aparece en la película “Tinta roja” de Francisco Lombardi, basada en la novela homónima de Alberto Fuguet, cuya versión hace un crossover, una fusión del universo de esta novela chilena con el de “Conversación…”, cuando Saúl Faúndez, interpretado de forma inolvidable por Gianfranco Brero, cuenta que conoció a Vargas Llosa cuando era un cronista policial. Las lecciones del escritor de “La tía Julia y el escribidor” son iluminadoras, por supuesto, y pueden convertirse en una primera guía, como suelen ser este tipo de libros (recomiendo también: “Mientras escribo” de Stephen King y “Ser escritor” de Abelardo Castillo), para los escritores que todavía están garabateando su primer manuscrito. Escuchar a los maestros siempre ayuda, aunque no siempre se les tiene que seguir al pie de la letra. Y esa es la virtud de la obra de Mario Vargas Llosa: que interpela, llama al debate, nunca te deja indiferente.




