Cada cierto tiempo reaparece en nuestro escenario electoral el fantasma del fraude, perturbando la ya frágil calma política de un país con débil institucionalidad y sin rumbo claro.

Debemos partir del mismo hecho, la única garantía real contra el fraude es la personería de mesa en el día de la elección. Sin ellos, una organización política pierde toda capacidad de reclamo frente a irregularidades. La ley Orgánica de Elecciones es clara, dado que la defensa del voto se sustenta en la labor de campo de los personeros.

Recordemos escenarios electorales pasados como el pase a segunda vuelta presidencial del 2006 o quince años después la segunda vuelta presidencial disputada el 2021, denuncias de fraude acompañadas de una evidente falta de personería. Encuestas favorables que terminaron en actas donde todos los votos eran a favor de un único candidato, alimentando la narrativa del fraude.

Una elección no solo mide candidatos, también pone a prueba la organización de los partidos ¿tienen militantes?, ¿simpatizantes?, ¿cuentan con los 92766 personeros de mesa que defiendan su voto?

Ese día, los partidos serán evaluados según su capacidad de cubrir la totalidad de las mesas de sufragio a nivel nacional. Al menos cubrir la mitad de las mesas con personeros ya constituirá un importante logro organizativo.

Queda claro que incluso lograr esta hazaña será una proeza organizacional, sin embargo, atentos a los gritos de fraude sin la prueba indubitable que solo la puede dar el personero de mesa, porque solo queda “ir a llorar al río”.