Cuando el candidato presidencial Roberto Chiabra dijo que “si José Jerí es inteligente y conoce cómo es el Congreso, debe renunciar”, no estaba haciendo un acto de cortesía política, sino una lectura quirúrgica del momento. Un presidente con entre 60% y 70% de rechazo no gobierna: sobrevive. Y en el Perú, cuando un mandatario entra en modo supervivencia, se vuelve una carga tóxica para todos los que lo rodean. Marzo se acerca, las elecciones también, y los partidos que hoy lo sostienen -Fuerza Popular y Somos Perú- lo saben mejor que nadie.
Por ahora hacen malabarismos para evitar una vacancia. Se equilibran sobre el alambre del cálculo electoral, fingiendo que no ven lo que todo el país ya vio: reuniones clandestinas, empresarios chinos, contrataciones exprés de señoritas que pasaron la noche en Palacio, decisiones de Estado tomadas como si fueran favores personales y desastrosos resultados en la lucha contra la criminalidad. Defender eso tiene un precio, y ese precio se paga en votos.
Las encuestas ya comenzaron a cobrarles la factura. Datum revela que el 50% de peruanos jamás votaría por Keiko Fujimori y el 12% tampoco por César Acuña. Jerí no solo se hunde solo: arrastra a quienes lo abrazan.
El resultado es devastador para el sistema político en su conjunto. La decepción con Jerí se ha convertido en una mancha que salpica a todos. Hoy, el 42.5% de peruanos no sabe por quién votar o piensa hacerlo en blanco o viciado. De ellos, el 28% cree que todos son corruptos, el 10% que nadie los convence y el 9% que los políticos solo buscan su propio beneficio. No es apatía: es hartazgo puro.
Jerí ya no es solo un problema del Ejecutivo. Es un problema para toda la clase política.




