Luego de las elecciones presidenciales deberíamos preocuparnos por la manera como escogeremos a nuestras futuras autoridades regionales y locales. Solo en Lima, 42 agrupaciones se alistan para presentar candidatos a la alcaldía más importante del país, lo que significa que el próximo burgomaestre de la capital no tendrá un respaldo ciudadano voluminoso, sino que puede ganar el sufragio con votos tan dispersos.
Para el próximo 4 de octubre, la región Lima contará con 8 729 535 electores (4 299 863 son hombres y 4 429 672 son mujeres), según el cierre del padrón electoral del Registro Nacional de Identificación y Estado Civil (Reniec). Solo Lima provincia tendrá 7 891 716 votantes, quienes decidirán por su próxima autoridad entre nada menos que una avalancha de postulantes. Y el detalle no es menor porque en este tipo de comicios no hay segunda vuelta, sino que se gana con mayoría simple.
La gran cantidad de agrupaciones que llegaron hasta aquí con supuestas posibilidades de ganar es el resultado del pecado llamado “políticamente correcto”. Con la excusa de lograr la mayor participación de ciudadanos, la reforma política rebajó la cantidad de adherentes para formar una agrupación política, lo que permitió el masivo registro de solicitudes para inscribir un partido.
Por lo tanto, en vez de servir para robustecer el respaldo de la autoridad, la facilidad con que se crea un partido político termina debilitando la credibilidad del ganador. Por eso, los pedidos de vacancia y el descontento ciudadano se oyen desde el primer día. Ahora bien, ¿se imaginan cómo será en el resto del país? A nivel nacional, 26 375 611 ciudadanos elegirán a más de 13 mil autoridades: 25 gobernadores, 196 alcaldes provinciales y 1694 alcaldes distritales. Esto puede ser ingobernable.




