Es un hecho que no pasará a la segunda vuelta, pero resulta surrealista que aún en este país exista gente que pueda votar por Ricardo Belmont, un personaje que de charlatán no pasó nunca, que hizo un “negocio” redondo al pedir plata a la gente para armar un canal de televisión y que fue un pésimo alcalde de Lima a inicios de los años 90, cuando la ciudad estaba tomada por informales que el burgomaestre se negaba a desalojar porque no quería perder votos para sus futuras postulaciones presidenciales.

Quizá haya peruanos que no recuerden o no lo sepan, pero durante los dos mandatos ediles de Belmont, Lima era un desastre, con calles tomadas por informales que ni ambulantes eran, pues habían instalado puestos fijos en las calles, de las que se adueñaron. Todo el Mercado Central estaba rodeado de puestos clandestinos, así como el Parque Universitario, Emancipación, Lampa, Pachitea y otras vías. Ver hoy el centro de la ciudad con las calles despejadas, parece algo normal, pero en la gestión del “hermanón” no fue así.

Fue recién en la administración siguiente, en la de Alberto Andrade, quizá el mejor alcalde que tuvo Lima, que esas calles fueron despejadas. Como reportero del turno de madrugada de un diario de esta casa editora, me tocó estar en los operativos de recuperación de las calles del Centro Histórico. Recuerdo que en Pachitea, algunos ferreteros informales habían cavado, dentro de sus puestos, huecos en las veredas hasta llegar a los desagües que pasaban por abajo, para usarlos como silos.

Esa era la Lima que nos dejó el exalcalde Belmont a mitad de los años 90, así que no venga ahora, con ya conocida charlatanería y sus trilladas metáforas deportivas, a hablarnos de su “gran gestión” al frente de la ciudad, que en verdad la dejó hecha un verdadero desastre, donde no se podía ni caminar por las calles y los carros a duras penas lograban avanzar en medio del caos, mientras la basura se acumulaba porque ni los camiones recolectores podían pasar por esas vías.

Quizá sus cuentos se los crea el prófugo Vladimir Cerrón, a quien años atrás reclutó en su partido junto a Dina Boluarte, pero no los limeños con buena memoria que veían a su capital hecha un muladar sin autoridad, ni los llamados “errebecistas”, esos pobres ciudadanos que, confiados, dieron dinero para que Belmont saque un canal de televisión con el que solo él hizo dinero por muchos años, mientras todos ellos, sus “socios”, no vieron ni un centavo.