El primer “supermartes” de las primarias demócratas, que aconteció esta semana, permitió dos cosas. Primero, marcar el resurgimiento de Joe Biden. Y segundo, depurar la contienda para dejar a solo dos finalistas por la nominación. Luego de haber sido hasta ridiculizado en memes, Biden se repuso con fuerza y ganó en nueve estados, dejando a Bernie Sanders con cuatro y a Mike Bloomberg con el premio consuelo del territorio de Samoa, que le brindó solo cuatro delegados. Así, Biden pasó a comandar el número de delegados y Sanders se quedó solo con cuatro estados. Elizabeth Warren quedó en blanco y el golpe fue tan fuerte como el recibido por Bloomberg, que ambos definieron a las pocas horas bajarse de la contienda. Las posiciones de Bloomberg y Warren hacen prever que apoyarán –y eventualmente, endosarán– a Biden y a Sanders, respectivamente.

¿Qué puede esperarse a partir de ahora? No hay duda de que para los intereses reeleccionistas de Donald Trump, un contendiente como Sanders le facilita las cosas. Su radicalismo ha sido ratificado por el exsenador de Vermont por sus declaraciones en favor de Fidel Castro, y no sería raro que en lo que reste de campaña exprese similar simpatía por Evo Morales. Ante esa alternativa, muchos demócratas se abstendrán de votar o lo harán por el actual presidente. Por otro lado, Biden tiene muchos puntos flacos, pero su resurgimiento puede mover los temores que suscita Sanders y comenzar a echar a rodar una bola de nieve de apoyos nuevos. Puede además echar mano a su imagen de estadista y experiencia por haber sido vicepresidente de un presidente tan carismático como Barack Obama. Por todo esto, para Trump puede representar un mayor riesgo y, en ese sentido, conviene a los intereses del Partido Republicano que el rival a vencer sea Sanders, aun cuando una derrota de Biden en las primarias demócratas abra un peligroso abismo en la tradicionalmente previsible política estadounidense.