Hay una diferencia enorme entre simpatizar con una selección y alquilar una patria. Lo primero es fútbol. Lo segundo suele ser terapia.Todos tenemos equipos que nos caen bien. Brasil por su historia. Marruecos por la sorpresa. Japón por disciplina. Argentina por Messi. Inglaterra por la Premier. Eso no tiene nada de extraño. El problema empieza cuando dejamos de admirar un equipo para empezar a hablar como si hubiéramos nacido allí.Entonces aparecen peruanos cantando “el que no salta es un inglés” y otros respondiendo con un fervor británico que jamás sospecharon tener. De pronto resurgen las Malvinas, el colonialismo, Thatcher, los piratas y cualquier conflicto que sirva para justificar una rivalidad que, en realidad, nunca fue propia.Resulta curioso que los futbolistas parezcan haber entendido antes que los hinchas dónde termina el fútbol. La frase de Emiliano Martínez —“eso es el pasado, yo ni nacía”— desarmó en siete palabras una guerra que muchos siguen librando desde el sofá.El patriotismo prestado tiene algo profundamente incómodo. No nace del cariño por una camiseta. Nace de la necesidad de encontrar una identidad ajena para librar batallas propias. Unos celebran victorias extranjeras como si repararan frustraciones nacionales. Otros festejan derrotas ajenas con una intensidad que jamás reservan para los triunfos del Perú.Quizá el Mundial no revele únicamente quién juega mejor al fútbol. También deja al descubierto cuántos necesitan una bandera… aunque tengan que pedirla prestada.

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