La reunión sostenida ayer en Lima entre el presidente del Perú, José Jerí, y el mandatario electo de Chile, José Antonio Kast, marca un paso relevante en la lucha contra el crimen organizado y la migración irregular, dos problemas que desbordan fronteras y desafían a los Estados de la región. Más allá de las diferencias históricas y políticas entre ambos países, el encuentro evidencia que la cooperación es hoy una necesidad y no una concesión. Integrarse para enfrentar amenazas comunes supone dejar de lado nacionalismos estériles y sesgos ideológicos que, en la práctica, solo han favorecido a las organizaciones criminales.

El valor de esta cita radica en el consenso alcanzado. Coincidir implica reconocer que no todas las soluciones provienen de un solo espacio y que las propuestas eficaces deben rescatar lo mejor de cada enfoque. En ese sentido, el diálogo entre Lima y Santiago se perfila como una señal alentadora para una región que suele optar por la confrontación antes que por la coordinación, incluso cuando los desafíos son compartidos.

Este acercamiento no debe quedarse en una foto ni en una declaración bien intencionada. La criminalidad organizada avanza con rapidez y coordinación, y los Estados deben responder con la misma lógica. Perú y Chile tienen hoy la oportunidad de sentar un precedente y ampliar este entendimiento al resto de Sudamérica. La seguridad regional exige menos discursos y más integración efectiva. De lo contrario, el crimen seguirá yendo un paso adelante.