José Jerí es el símbolo de un sistema que se niega a corregirse. Llegó al Congreso por suerte. Estuvo en la Comisión de Presupuesto, donde hoy forma parte de una investigación sobre un presunto esquema de sobornos para torcer decisiones públicas en favor de intereses privados. Sobre su trayectoria pesa, además, la sombra de una denuncia por violación archivada. Ya en Palacio, el patrón se repite y amplía: personas que entran de madrugada, salen al día siguiente y, poco después, aparecen con jugosos contratos en el Estado. A eso se suma el “Chifagate”, las reuniones opacas con empresarios chinos, y las varias versiones que dio para justificarlas.
El daño que Jerí le hace a la institucionalidad es profundo: cada escándalo refuerza la convicción ciudadana de que el Estado es un botín, pero en el Congreso aún mantiene el apoyo de varias bancadas —Fuerza Popular, APP y Perú Libre— en nombre de una “estabilidad”.
Sí, concordamos que no sería lo ideal cambiar de presidente tan cerca de las elecciones, pero la conducta del presidente Jerí, sin duda, solo alimenta el resentimiento y la sensación de que todo está podrido. Ese es el combustible perfecto para cualquier candidatura antisistema que prometa “barrer con todo”, incluso si lo que arrasa después es la democracia que siempre debe prevalecer.




