Abelardo de la Espriella ganó el domingo pasado la presidencia de Colombia con uno de los márgenes más estrechos desde que se instituyó la segunda vuelta electoral. Fue un resultado ajustado, pero legítimo, que el candidato derrotado, Iván Cepeda, reconoció de inmediato. Esa es una actitud que Roberto Sánchez también debería replicar en el Perú.
El retorno de la derecha al Palacio de Nariño no fue sencillo. El presidente saliente, Gustavo Petro, hizo cuanto estuvo a su alcance para preservar su proyecto político. Entre sus principales iniciativas estuvieron la promoción de un cambio constitucional y el impulso de profundas reformas a los sistemas de salud y energía, bajo la premisa de reducir el papel del sector privado en actividades que considera estratégicas. En esencia, una reedición del libreto del socialismo del siglo XXI.
Colombia tiene voto facultativo y la participación suele oscilar entre el 50 % y el 55 % del padrón. Sin embargo, esta segunda vuelta alcanzó un récord del 63 %. Ese incremento merece atención. La victoria de De la Espriella en la primera vuelta encendió las alarmas del petrismo y coincidió con una intensa movilización política del oficialismo para revertir la tendencia. Incluso se intentó, por la vía judicial, impedir que el candidato opositor utilizara algunos de sus emblemas de campaña.
De la Espriella llega al poder con un nivel de respaldo que la derecha colombiana no alcanzaba desde los tiempos de Álvaro Uribe. Los ciudadanos esperan recuperar un sistema de salud seriamente deteriorado, reducir la corrupción y reactivar la inversión en el sector energético. No será una tarea sencilla, pero ese será el verdadero examen de su gobierno: demostrar que el cambio prometido puede traducirse en resultados concretos y devolver la estabilidad y la confianza a Colombia.




