En la antesala de los debates presidenciales, diversas encuestadoras advertían que más del 40% de los electores definiría su voto a partir de estos encuentros. La expectativa era razonable: se trataba de una oportunidad clave para contrastar ideas, evaluar propuestas y medir la capacidad de liderazgo de quienes aspiran a gobernar el país. Sin embargo, el esquema planteado por el Jurado Nacional de Elecciones ha evidenciado serias limitaciones. La fragmentación del tiempo, la rigidez de las intervenciones y la gran cantidad de candidatos impiden profundizar en los temas de fondo. En lugar de debates sustantivos, se han producido exposiciones breves, muchas veces superficiales, donde las ideas no alcanzan a desarrollarse y el elector termina con más dudas que certezas.
A ello se suma una oferta electoral excesivamente amplia, que dificulta una evaluación clara y comparativa. Con debates extendidos hasta por seis días, el riesgo no es solo el desgaste del formato, sino también la pérdida de interés ciudadano. Cuando la atención se dispersa y los mensajes se multiplican sin claridad, el proceso deja de ser una herramienta de decisión informada para convertirse en una sucesión de intervenciones que pocas veces conectan con las preocupaciones reales de la población.
Finalmente, resulta preocupante que, en medio de esta dinámica, algunos candidatos prioricen la exposición mediática por encima del contenido. La búsqueda de viralidad y frases efectistas reemplaza al análisis serio y a las propuestas viables.




