En guerra desde el 28 de enero, Estados Unidos ha tenido que firmar el Memorándum de entendimiento con Irán para el cese de hostilidades tras ser derrotado pese a la prepotencia y anuncios destemplados de Donald Trump sobre “lograr el cambio de régimen, finalizar el gobierno de los ayatolas y destruir instalaciones de enriquecimiento de uranio”.

Esta guerra iniciada por EE. UU. e Israel cuesta más allá de los 40 mil millones de dólares, muertos y heridos, el alza del petróleo tras cerrarse el Estrecho de Ormuz y la inflación que perjudica seriamente a la población de menores recursos, también expresa el “declive relativo y estructural” de EE.UU. como potencia frente a China, según Alfred McCoy.

No es más garante del libre tránsito comercial, pues Irán controlará el estrecho y cobrará tasa por tránsito, mientras el gobierno de Trump enfrenta una seria crisis laboral e inflacionaria y deberá comprometerse con el plan de reconstrucción iraní por 300 mil millones de dólares.

En este escenario EE.UU. mira hacia América y, recordando épocas pasadas, influye descaradamente en la elección de los gobiernos americanos. Antes en Guatemala y Honduras, luego Argentina y Chile, ahora Perú y Colombia, donde interviene en los procesos electorales. A Venezuela, Nicaragua y Cuba busca asfixiarlos económicamente sin importar el costo humano. Pretende recuperar su “patio trasero”

Potencia en declive por la “transición hegemónica al Asia” según Arrighi, las opciones militaristas no se pueden descartar. Es un mecanismo antes empleado para recuperar el crecimiento de su economía frente al descrédito de Trump y sus políticas.