Se cerró una de las campañas electorales más insólitas que recuerde nuestra historia reciente. No solo por el gran número de candidatos sino también por las promesas tan disparatadas. Durante semanas, el debate público fue reemplazado por una feria de ocurrencias: desde promesas de cervezas “3 por 10 soles” hasta la remodelación de estadios como prioridad nacional, pasando por propuestas que rozan lo absurdo, como permitir el consumo de alcohol en recintos deportivos o delegar funciones de justicia a pastores. Más que una contienda de ideas, hemos asistido a un desfile de improvisación donde el espectáculo ha desplazado peligrosamente a la seriedad.
Este escenario no es casual. Es el reflejo de una política que ha aprendido a seducir desde lo inmediato, apelando al humor, la indignación o la fantasía antes que a la razón.
Con el cierre de campaña, sin embargo, se terminan las palabras fáciles. Llega el momento en que el ciudadano deja de ser espectador y asume su rol más importante: decidir. No hay excusas válidas frente a la urna. Elegir no es un acto mecánico ni un gesto de protesta; es una responsabilidad que definirá el rumbo del país en los próximos años. Informarse, contrastar y reflexionar ya no son opciones, sino deberes mínimos de una ciudadanía que aspira a algo mejor.
Porque después no hay espacio para el arrepentimiento fácil. El voto es, al mismo tiempo, un derecho y una carga: lo que se elige hoy se vive mañana.




