Durante siglos se consideró que las mujeres eran de una naturaleza inferior a la de los hombres, que sus inclinaciones eran bajas, que su entendimiento era imperfecto, que su inteligencia era limitada y que por tanto eran incapaces de alcanzar cierto grado de elevación de ideas, que su temperamento era desordenado, que sus defectos eran excesivos y que ellas eran el origen y fuente de todo mal. Y así, por citar dos casos, pensadores como Arthur Schopenhauer, autor de un ensayo de carácter misógino, que luego se recopiló bajo el título El amor, las mujeres y la muerte en 1819, o el filósofo austriaco Otto Weininger, con su libro Sexo y carácter de 1903, intentaron fijar en la historia la prejuiciosa idea de que el denominado “sexo delicado” era inferior respecto del hombre. Pero, así como existieron filósofos que declararon como verdadera e inobjetable la “supuesta inferioridad del entendimiento femenino”, existieron otros que se encargaron de demostrar la tesis contraria. El libro más antiguo del que tengo registro donde formalmente un hombre defiende a la mujer, es del escritor y alquimista alemán Cornelio Agripa con su tratado De la nobleza y preexcelencia del sexo femenino de 1509. Luego, encontramos más autores como Poullain de La Barre, Francisco de Paula González Vigil, Condorcet, entre otros. Según mi criterio, la obra más profunda que debemos leer y tomar en consideración cuando pensamos en la defensa de la mujer, es de mi admirado religioso y ensayista español Benito Jerónimo Feijoo, que en 1726 publica su Teatro crítico universal, destacando en su obra el ensayo titulado Defensa de las mujeres; joya verdaderamente imperdible al momento de analizar el tema en cuestión.