En un post sobre adolescentes que están a merced de la “educación sexual” a cargo de la IA que según evidencias recientes es una tendencia creciente, planteé una pregunta a los padres que exigen que los colegios no aborden la sexualidad, ¿prefieren realmente que sus hijos consulten a la IA antes que participar en una conversación humana, guiada y contextualizada por docentes?
Resultó llamativo que muchos críticos eludieran esa pregunta. En su lugar, inmediatamente cuestionaron la capacidad de los docentes. Sin embargo, incluso en familias abiertas al diálogo, hay inquietudes que los hijos rara vez plantean a sus padres y sí a profesores de confianza, psicólogos, redes sociales o chatbots.
Si el colegio se excluye deliberadamente de este diálogo, el vacío no queda neutral: lo ocupan algoritmos diseñados para responder rápido, no para educar, y para simular empatía sin responsabilidad formativa.
Esto conduce a una pregunta más profunda: si los docentes no son considerados aptos para abordar la sexualidad con criterio educativo y profesional, ¿por qué sí lo serían para todo lo demás? ¿Son confiables para enseñar ciencias, historia, arte o literatura, pero incompetentes cuando el tema involucra el cuerpo, el afecto o la identidad?
La paradoja es evidente. Se toleran huellas docentes mucho más frecuentes y duraderas —ridiculizar preguntas, desalentar el pensamiento crítico, transmitir prejuicios o generar fobias académicas— mientras se encienden alarmas solo ante la palabra “sexualidad”. Blindar a los hijos del colegio, en estos temas, suele dejarlos más expuestos, no más protegidos.




