La buena educación para el futuro no debería basarse en certezas matemáticas, sino en brújulas para navegar la incertidumbre. Ese es el mensaje que la crisis política peruana lanza a los jóvenes: aprendan a caminar sobre arena movediza porque el suelo firme no existe. En un país marcado por elecciones impredecibles, vacancias presidenciales seriales y fragmentación política, el futuro se parece más a un acto de equilibrio que a una proyección ordenada. Nuestras instituciones no construyen trayectorias, generan sobresaltos. Cada crisis es una lección silenciosa para la juventud: la estabilidad es una ficción peligrosa. Mientras tanto, la escuela sigue enseñando contenidos cerrados y respuestas correctas, como si el país ofreciera suelo firme. Formamos caminantes de pista recta cuando la realidad exige equilibristas con ojos abiertos, capaces de sostener la tensión entre propósito y adaptación. Necesitamos un currículo que enseñe a gestionar riesgos, leer contextos cambiantes y actuar sobre ellos. Jóvenes que sepan caer sin romperse, recalcular sin renunciar, avanzar sin garantías. Porque planificar la vida en el Perú no es trazar una línea recta, sino mantener el equilibrio en movimiento. La paradoja es cruel: exigimos proyectos de vida mientras dinamitamos cualquier noción de continuidad. No es cinismo juvenil, es aprendizaje social. Hasta que construyamos reglas que sobrevivan a las elecciones, seguiremos formando generaciones expertas en no caerse, pero sin energía para construir algo duradero. Y un país que solo entrena equilibristas corre el riesgo de olvidar para qué quería avanzar.