La “guerra” en redes sociales del peruanísimo cebiche, frente al choripán argentino y la tlayuda mexicana, generada por Netflix y su programa “Street Food Latinoamérica”, marcó hace algunos días una importante tendencia que se desbordó hacia los medios tradicionales. La novedosa forma de promover un estreno de la plataforma, reafirmó nuevamente la influencia que ha conseguido la poderosa empresa que distribuye contenidos por streaming en el mundo. En horas, y tras una convocatoria desde sus cuentas, la compañía de entretenimiento logró motivar a países enteros a una votación, que finalmente ganó México y su tortilla con frijoles y cecina. Pero dejemos la sabrosa comida que se vende en las calles de Latinoamérica, y vayamos al fondo del asunto, el crecimiento de Netflix en plena pandemia, que la ha convertido en una de las empresas más rentables del mundo. No es una novedad que ante las cuarentenas obligadas en los cinco continentes, uno de los negocios que en lugar de generar pérdidas, creció en ganancias, fue la citada plataforma. Nada más y nada menos que 180 millones de fieles clientes, dan la certeza de por donde se está dirigiendo el negocio en estos tiempos. Simplemente es el reflejo de lo que significa hoy ver series, películas, documentales, musicales a través de la televisión por streaming. Se calcula que la compañía vale 187 mil millones de dólares, lo que le permite, además de adquirir material para su emisión, producir sus propios contenidos. Por ejemplo, darse el lujo de interesarse en el nuevo proyecto de Martin Scorsese, un western con Leonardo Dicpario y Robert de Niro cuya inversión alcanzaría 220 millones de dólares. La pandemia solo ha evidenciado lo que ya se estaba imponiendo en la industria, esa tendencia de disfrutar de historias sin estar pendiente de la hora, y menos de los gustos de un programador que cree saber lo que agrada al público. Y Netflix no es la única plataforma de su tipo que está en el mercado, hay muchas más que amenazan con dejar a la televisión por cable en franca retirada. Y no hablemos de la señal abierta que deberá resistir y reinventarse si no desea quedar en el recuerdo. Pero ese, es otro rollo.