Cerrar Agua Dulce, aunque sea por 24 horas, puede parecer una medida drástica, pero es, más que nada, una confesión de fracaso. Es reconocer que nuestra sociedad no ha logrado algo tan básico como enseñar a sus ciudadanos a recoger lo que llevan y respetar aquello que es de todos. Es duro admitirlo, pero que la playa más popular de Lima tenga que cerrarse por toneladas de basura nos dice que el problema no es solo de un municipio mal organizado, sino de una sociedad que ha normalizado la irresponsabilidad.

Lo preocupante es que la salida elegida sea cercar la arena y prohibir el ingreso. Cerrar es más fácil que educar y fiscalizar. Requiere menos creatividad y menos valentía política. Cerrar es, en el fondo, tirar la toalla.

Pero la clausura de Agua Dulce también nos interpela. ¿Qué pasa por la mente de quien deja basura en la arena en la que sus hijos juegan? ¿Qué piensa aquel que lanza una botella al mar donde después se meterá a nadar? No estamos hablando de grandes teorías ambientales, sino de algo que cualquier niño entendería: no ensuciar el lugar donde estás compartiendo con tu familia y amigos. Esa incoherencia solo se explica por una mezcla de egoísmo y de desarraigo.

No es algo solo de Lima, lo vemos en todo el país. Ya sea en la Marina Turística de Iquitos que no tiene ni un mes de entregada y ya la están destruyendo o en las islas de basura que flotan en el lago Titicaca. No cuidamos lo que tenemos y es de todos.