El comunismo, del que tanto se habla últimamente, no existe. Afirmarlo vigente es falso. Los que han insistido en que tuviera un rol en la sociedad internacional, se han valido de falacias para justificarlo, haciéndolo aparecer como verdadero, y sorprendiendo a los pueblos que caían en sus redes o eran sometidos por la fuerza de la imposición como método.

El comunismo no existe porque es una utopía, es decir, su campo de realización jamás se hará realidad porque los hombres no somos iguales como se cree. Contamos con una calidad y una cualidad individual intrínseca que nos hace a todos diferentes, esto es, con virtudes y defectos, propios de cada ser humano en su estado de naturaleza.

Es verdad que todos somos iguales respecto de nuestras dignidades que el derecho las garantiza promoviendo, eso sí, nuestra pétrea igualdad ante la ley (derecho natural), para asegurar que así sea como la superior circunstancia humana para evitar los abusos y la arbitrariedad de los que tienen poder o más poder.

La igualdad social  que solo se consigue con la lucha de clases tan pregonada por el socialismo marxista para alcanzar la sociedad comunista,  en realidad ha sido el pretexto para llegar al poder político como fin último. Aunque lo consiguieron -Unión Soviética, China, Corea del Norte, Cuba, entre otros pocos-, sus sociedades jamás han practicado el comunismo porque sus miembros siempre han obrado por status distintos.

Así, los que tienen poder en esos países, junto a sus familias y amigos, han tenido una vida llena de privilegios y placeres a costa de la inmensa mayoría, ajena a las élites, y con un modus vivendi lleno de frustraciones y desasosiego,  pues sus proyectos de vida han sido anulados por el libreto establecido por una autoridad que los quiere en serie para evitar que el talento humano individual siempre innovador, se superponga ante el confort y la mediocridad.

Los pretendidos comunistas -a la fecha con muchos conversos-, han sido implacables con quienes no están dispuestos a sus reglas como arma más eficaz y efectiva para neutralizar o eliminar las manifestaciones creativas, propias de la naturaleza humana. Al comunismo, que ahora buscan forzosamente darle vida, y se valen de la pandemia para  conseguirlo, nos arrebatará la libertad y la democracia, que le son absolutamente incompatibles.